Acusábanme de abusar de mi autoridad moral, de imponer un discurso de una manera aparentemente fascista, de elevar demasiado el nivel de trascendencia de los tópicos de conversación, con tonos casi agresivos, violentos, y hasta de desconocer y nunca considerar apropiadamente la situación intelectual de mis interlocutores...
Y ahora veo que todo ese fervor que yo no pude controlar al escuchar falacias e impunes discursos contra las minorías y los excluídos, es el mismo al que ellos dan rienda desde sus más íntimos pensamientos, desde sus más profundas convicciones y desde sus mismísmas entrañas, exponiendo el rojo color del fuego ardiente de su sangre concentrándose en las cumbres de sus rostros, de la frente hasta el cuello (y más allá, quizás), elevando la voz de manera casi intimidante, pero con el escalofriante objetivo de demostrar a toda costa el ODIO hacia la sociedad de la que forman parte pero a la que no parecen (querer) reconocer su propia pertenencia, a la que saben observar despectivamente desde un trono en lo alto del Monte Olimpo, desde donde descargan sus vómitos, inundando así este valle de ignorancia, locura, incompetencia y egoísmo, ahogando a los culpables de su injustísimo pesar, condenándolos a la muerte y al eterno suplicio infernal.
Yo lo he visto.
He visto sus ojos.
3 de junio de 2010
27 de mayo de 2010
Click
Hace ya un tiempo que vengo hablando y escuchando hablar en el círculo íntimo, entre hermanos de cabeza, corazón y mano (más bien puño), esa palabra tan breve y concisa como ambigua.
Click.
“Pasa que vos tuviste un ‘click’”.
“Hubo un momento en nuestras vidas que nos hizo un ‘click’”.
Muy bien. Mi cabeza hizo “click”. Se supone que esa onomatopeya responde a una apertura craneal, metafóricamente hablando, a una revolución intelectual, una grieta que se abrió y dio paso a una infinita cantidad de información que tiró abajo lo viejo y alzó la bandera de la verdad, aun la de aquella que niega su propia existencia.
¿Cómo entender ese “click”? ¿De qué manera lo experimenté y bajo qué argumentos?
“Tu cabeza te hizo ‘click’” y todas sus variantes no me dejan de resultar argumentos demasiado pretenciosos. Yo mismo los utilizo, no me queda otra. Todo el mundo parece entender cuando se habla de un “click”, pero es precisamente por eso que descubro que esa pequeña palabra no funciona correctamente.
Click.
¿Qué significa realmente que la cabeza nos haga “click”? ¿A todos los que lo vivimos, nos hace el mismo “click”? ¿Es ese “click” algo concreto? ¿Hay uno y sólo un “click”? ¿Cómo puede una persona que no entiende lo que yo entiendo y cómo yo lo entiendo, entender que me hizo “click” la cabeza? ¿Cómo puede acaso esa misma persona, por sus propios medios, diagnosticarme un “click a nivel cerebral”? Digo: ¿no le da ni un poquito de intriga o curiosidad por saber qué se siente experimentar ese “click”? ¿O es que hablamos de diferentes “clicks”?
Suelo caer en la conclusión rápida de que el hecho-click es para algunos una representación de algo que unos pocos creemos que nos sucede y el resto del planeta nos sigue la corriente, como a los locos, simplemente para no discrepar. De todas formas, no me disgusta ser tomado por loco.
Click.
¿Qué hay más allá del “click”? Mucho, desde luego. El problema es que ya no recuerdo cuándo fue el “click”. Más bien creo que ahora es el “click” y que, de ahora en adelante, no podré escapar de ninguna manera a ese “click”. Pero, entonces, ¿no es “click” una onomatopeya algo escasa?
“Clicks” hago muchos durante el día; mi vida está dedicada mayormente a manejarme mediante “clicks”. Quien inventó el mouse condicionó mi vida. Pero todos esos “clicks” a los que difícilmente algún día logre escapar, de ninguna manera forman un gran “click” eterno. De hecho son “clicks”. La palabra, el sonido lo dice. Representa algo espontáneo, puntual, específico, que no se perpetúa en el tiempo, precisamente.
Click.
Si bien puedo pasarme la vida buscando una palabra que represente mejor mi condición, el problema más grave, creo, radica en la cuestión del anhelo por la diferenciación.
Es claro que algo cambió en mí. Es claro que no soy el mismo de antes. Está claro que ya no pertenezco al sector de la sociedad que, sumergido en la rutinaria cotidianeidad, se suele definir como “ultra-alienado”. Ahora bien: ¿cuáles son las razones por las cuales una persona como yo puede autoproclamarse “desalienada”? ¿De qué manera puedo yo asegurarme de que la experiencia que he vivido estos últimos años me relaciona con una minoría y me diferencia de una mayoría? ¿Qué pruebas tengo yo de que realmente soy diferente a otras personas cuya vida transcurrió y transcurre bajo las mismas condiciones que determinaron y determinan la mía? Así como me pregunto si quien me diagnostica un “click” desde una posición ajena a la experiencia en cuestión, realmente entiende de qué se trata ese “click” y si no lo llena de curiosidad por no haberlo vivido, me pregunto también si yo mismo debo realmente considerar que esa persona es completamente ajena y que las posibilidades de que su cabeza haga ese “click” distan demasiado de las mías como para hablarle de igual a igual.
Click.
Pensar que soy yo alguien especial, con una experiencia intelectual diferente a la de los demás y partir de ese punto para relacionarme con las personas que me rodean, me resulta una actitud de extrema subestimación a la naturaleza y a la capacidad del intelecto del otro. Si para discutir sobre ciertas cuestiones, debo yo primero considerarme alguien diferente y en dicho caso, superior al resto de los interlocutores, creo que muy difícilmente lograré sostener dicha discusión de una manera horizontal y, por ende, ni yo ni quienes participen del debate lograremos enriquecer nuestro conocimiento. En otras palabras, me quedaría solo.
Click.
En conclusión, se me dificulta encontrar una mejor manera de expresarme que la de decir sin vueltas los que pienso, así eso implique, supuestamente, una exigencia intelectual especial para algunos, para que logren entenderme o por lo menos para que no se sientan intimidados por mi lógica aparentemente extraordinaria.
Click.
Click.
“Pasa que vos tuviste un ‘click’”.
“Hubo un momento en nuestras vidas que nos hizo un ‘click’”.
Muy bien. Mi cabeza hizo “click”. Se supone que esa onomatopeya responde a una apertura craneal, metafóricamente hablando, a una revolución intelectual, una grieta que se abrió y dio paso a una infinita cantidad de información que tiró abajo lo viejo y alzó la bandera de la verdad, aun la de aquella que niega su propia existencia.
¿Cómo entender ese “click”? ¿De qué manera lo experimenté y bajo qué argumentos?
“Tu cabeza te hizo ‘click’” y todas sus variantes no me dejan de resultar argumentos demasiado pretenciosos. Yo mismo los utilizo, no me queda otra. Todo el mundo parece entender cuando se habla de un “click”, pero es precisamente por eso que descubro que esa pequeña palabra no funciona correctamente.
Click.
¿Qué significa realmente que la cabeza nos haga “click”? ¿A todos los que lo vivimos, nos hace el mismo “click”? ¿Es ese “click” algo concreto? ¿Hay uno y sólo un “click”? ¿Cómo puede una persona que no entiende lo que yo entiendo y cómo yo lo entiendo, entender que me hizo “click” la cabeza? ¿Cómo puede acaso esa misma persona, por sus propios medios, diagnosticarme un “click a nivel cerebral”? Digo: ¿no le da ni un poquito de intriga o curiosidad por saber qué se siente experimentar ese “click”? ¿O es que hablamos de diferentes “clicks”?
Suelo caer en la conclusión rápida de que el hecho-click es para algunos una representación de algo que unos pocos creemos que nos sucede y el resto del planeta nos sigue la corriente, como a los locos, simplemente para no discrepar. De todas formas, no me disgusta ser tomado por loco.
Click.
¿Qué hay más allá del “click”? Mucho, desde luego. El problema es que ya no recuerdo cuándo fue el “click”. Más bien creo que ahora es el “click” y que, de ahora en adelante, no podré escapar de ninguna manera a ese “click”. Pero, entonces, ¿no es “click” una onomatopeya algo escasa?
“Clicks” hago muchos durante el día; mi vida está dedicada mayormente a manejarme mediante “clicks”. Quien inventó el mouse condicionó mi vida. Pero todos esos “clicks” a los que difícilmente algún día logre escapar, de ninguna manera forman un gran “click” eterno. De hecho son “clicks”. La palabra, el sonido lo dice. Representa algo espontáneo, puntual, específico, que no se perpetúa en el tiempo, precisamente.
Click.
Si bien puedo pasarme la vida buscando una palabra que represente mejor mi condición, el problema más grave, creo, radica en la cuestión del anhelo por la diferenciación.
Es claro que algo cambió en mí. Es claro que no soy el mismo de antes. Está claro que ya no pertenezco al sector de la sociedad que, sumergido en la rutinaria cotidianeidad, se suele definir como “ultra-alienado”. Ahora bien: ¿cuáles son las razones por las cuales una persona como yo puede autoproclamarse “desalienada”? ¿De qué manera puedo yo asegurarme de que la experiencia que he vivido estos últimos años me relaciona con una minoría y me diferencia de una mayoría? ¿Qué pruebas tengo yo de que realmente soy diferente a otras personas cuya vida transcurrió y transcurre bajo las mismas condiciones que determinaron y determinan la mía? Así como me pregunto si quien me diagnostica un “click” desde una posición ajena a la experiencia en cuestión, realmente entiende de qué se trata ese “click” y si no lo llena de curiosidad por no haberlo vivido, me pregunto también si yo mismo debo realmente considerar que esa persona es completamente ajena y que las posibilidades de que su cabeza haga ese “click” distan demasiado de las mías como para hablarle de igual a igual.
Click.
Pensar que soy yo alguien especial, con una experiencia intelectual diferente a la de los demás y partir de ese punto para relacionarme con las personas que me rodean, me resulta una actitud de extrema subestimación a la naturaleza y a la capacidad del intelecto del otro. Si para discutir sobre ciertas cuestiones, debo yo primero considerarme alguien diferente y en dicho caso, superior al resto de los interlocutores, creo que muy difícilmente lograré sostener dicha discusión de una manera horizontal y, por ende, ni yo ni quienes participen del debate lograremos enriquecer nuestro conocimiento. En otras palabras, me quedaría solo.
Click.
En conclusión, se me dificulta encontrar una mejor manera de expresarme que la de decir sin vueltas los que pienso, así eso implique, supuestamente, una exigencia intelectual especial para algunos, para que logren entenderme o por lo menos para que no se sientan intimidados por mi lógica aparentemente extraordinaria.
Click.
18 de abril de 2010
Sobre pretenciones
¿Cuál es la diferencia entre ser aquello que uno era, que uno se dispone día a día a dejar de ser y con lo que uno está cada vez más en desacuerdo, y esto que uno pretende ser, que uno intenta constantemente demostrar que es, hasta el último detalle, corrigiéndose una y otra vez, convenciéndose a la fuerza de que uno ya lo es desde el momento en que deja de ser aquello primero?
Descubro que el yo que veo mal es tan explícito y avergonzante como difuso, ambiguo y engañoso es el yo que veo bien. No sé qué soy en este momento, no puedo determinar cómo ser ni cómo cambiar lo que me hace la persona que no quiero ser. Pretendo dejar de ser algo con sólo negarlo y ser otro con sólo afirmarlo. Pero me doy cuenta que el pretender ser algo nuevo con sólo afirmarlo, determina que hay algo en mí a cambiar que no estoy viendo, y es el aspecto autoritario, caprichoso y engañoso que me obliga a creer que soy algo cuando realmente no lo soy.
Descubro también en mí la vanidad al querer ser una más entre todas las personas. Esa contradicción me lleva a replantearme mis más profundos deseos, sueños y utopías. ¿Cuán lejos podré ir y cuán exitoso podre llegar a ser en la búsqueda de mis principales objetivos, si se encuentran éstos agraviados por un objetivo tramposo, subyacente e invisible que no logro asumir ni neutralizar? Quizás deba primero abandonar la mayor parte de esos objetivos para replantearme quién soy, qué soy y qué es lo que quiero ser.
Accionar libre e independientemente contra el sistema que nos oprime, junto a compañeros que apuntan hacia un objetivo similar, cuando es entre nosotros que descubrimos, al vernos reflejados, una inmaudrez, una indeterminada e inconclusa introspección, y una más que evidente vanidad, propia de cualquier sujeto conciente de sus ambiciones, creo que nos obliga a detener nuestro paso, calmar nuestras ansias, y sentarnos a escuchar lo que nos dice nuestra propia mente.
Creo que es necesario también tener en cuenta la inminencia con la que se presenta la frustración. Descubro en mí que ninguna de mis convicciones está del todo determinada como tal, y que en este mundo hay miles de millones de personas, de la cuales yo soy sólo una. Una en miles de millones.
Planteo, pues, por el momento, reducir la lucha a buscar ser lo que uno pretender ser y no buscar hacer del mundo lo que uno pretende que el mundo sea.
Descubro que el yo que veo mal es tan explícito y avergonzante como difuso, ambiguo y engañoso es el yo que veo bien. No sé qué soy en este momento, no puedo determinar cómo ser ni cómo cambiar lo que me hace la persona que no quiero ser. Pretendo dejar de ser algo con sólo negarlo y ser otro con sólo afirmarlo. Pero me doy cuenta que el pretender ser algo nuevo con sólo afirmarlo, determina que hay algo en mí a cambiar que no estoy viendo, y es el aspecto autoritario, caprichoso y engañoso que me obliga a creer que soy algo cuando realmente no lo soy.
Descubro también en mí la vanidad al querer ser una más entre todas las personas. Esa contradicción me lleva a replantearme mis más profundos deseos, sueños y utopías. ¿Cuán lejos podré ir y cuán exitoso podre llegar a ser en la búsqueda de mis principales objetivos, si se encuentran éstos agraviados por un objetivo tramposo, subyacente e invisible que no logro asumir ni neutralizar? Quizás deba primero abandonar la mayor parte de esos objetivos para replantearme quién soy, qué soy y qué es lo que quiero ser.
Accionar libre e independientemente contra el sistema que nos oprime, junto a compañeros que apuntan hacia un objetivo similar, cuando es entre nosotros que descubrimos, al vernos reflejados, una inmaudrez, una indeterminada e inconclusa introspección, y una más que evidente vanidad, propia de cualquier sujeto conciente de sus ambiciones, creo que nos obliga a detener nuestro paso, calmar nuestras ansias, y sentarnos a escuchar lo que nos dice nuestra propia mente.
Creo que es necesario también tener en cuenta la inminencia con la que se presenta la frustración. Descubro en mí que ninguna de mis convicciones está del todo determinada como tal, y que en este mundo hay miles de millones de personas, de la cuales yo soy sólo una. Una en miles de millones.
Planteo, pues, por el momento, reducir la lucha a buscar ser lo que uno pretender ser y no buscar hacer del mundo lo que uno pretende que el mundo sea.
16 de abril de 2010
Conclusiones sobre La Náusea
Acabo de terminar de leer La Náusea, de Jean Paul Sartre. Fue la última vez que lo terminé de leer por primera vez. Hubiera querido que fuese mejor, por ser la última vez. Pero no, fue un final leído a los apurones sobre un colectivo, con un envión de emoción que me arrojó al vacío que llena la parte de adentro de la contratapa. A pesar de eso, no voy a intentar leerlo de nuevo. Ya me ha pasado y ya lo he intentado, y es en vano. Los finales se leen una primera y última vez; las demás, son falsas reproducciones, vacías.
Por más inconveniente que pueda resultar terminar un libro a los apurones antes de que el colectivo sobre el que uno viaja llegue al destino en que uno pretende descender, resulta una experiencia especial. Siempre cierro el libro, en busca de algo más; su finitud es mortal, y me da a entender que no sólo Borges supo soñar con el libro de arena.
Vivo en el siglo XXI y aún soy algo adolescente. Pensé en seguida en expresar todo eso que sentí, o lo que más logre rescatar, a través de este fenómeno llamado Internet. Qué estúpido, qué coherente. Demasiado fiel a mi generación. Pero es que Sartre no sólo me ha dicho “ce que tu ressens, c'est l'existence, c’est la nausée”, no sólo rompió con mi ego como lo hizo con el suyo y con el de Antoine Roquentin, sino que, además, me genero una necesidad, una urgencia desesperante por querer que todo el mundo sienta la Náusea. Si todo el mundo la sintiera, si todo el mundo pudiera sentir la Náusea, éste sería otro mundo. Por eso quise llevar toda esa gran sensación que me generó Jean Paul con su libro a la red social donde circula la gran mayoría de los jóvenes de mi generación, en especial aquellos con quienes puedo compartir un evento personal e intelectual de este tipo.
Juro que me superan las ganas de subir el libro entero de a fragmentos. Sería una locura, pero es que siento que no es suficiente con recomendárselo a uno y cada uno. De todas formas, no sé cuántos podrían llegar a apreciarlo como yo lo hice. Estoy seguro de que yo mismo no he podido entenderlo por completo, pero supongo que no es fácil llegar a la concepción de la existencia que plantea Sartre, a vivir esa experiencia que él llama la Náusea. Nada se pierde intentando.
Finalmente, una de las conclusiones más fuertes que pude formular al finalizar la novela es que si Sartre esperaba, como M. Roquentin, perpetuar su existencia a través de un libro, lo logró. O por lo menos conmigo.
Jean Paul Sartre, yo pienso mucho en usted, aunque ya esté muerto.
Por más inconveniente que pueda resultar terminar un libro a los apurones antes de que el colectivo sobre el que uno viaja llegue al destino en que uno pretende descender, resulta una experiencia especial. Siempre cierro el libro, en busca de algo más; su finitud es mortal, y me da a entender que no sólo Borges supo soñar con el libro de arena.
Vivo en el siglo XXI y aún soy algo adolescente. Pensé en seguida en expresar todo eso que sentí, o lo que más logre rescatar, a través de este fenómeno llamado Internet. Qué estúpido, qué coherente. Demasiado fiel a mi generación. Pero es que Sartre no sólo me ha dicho “ce que tu ressens, c'est l'existence, c’est la nausée”, no sólo rompió con mi ego como lo hizo con el suyo y con el de Antoine Roquentin, sino que, además, me genero una necesidad, una urgencia desesperante por querer que todo el mundo sienta la Náusea. Si todo el mundo la sintiera, si todo el mundo pudiera sentir la Náusea, éste sería otro mundo. Por eso quise llevar toda esa gran sensación que me generó Jean Paul con su libro a la red social donde circula la gran mayoría de los jóvenes de mi generación, en especial aquellos con quienes puedo compartir un evento personal e intelectual de este tipo.
Juro que me superan las ganas de subir el libro entero de a fragmentos. Sería una locura, pero es que siento que no es suficiente con recomendárselo a uno y cada uno. De todas formas, no sé cuántos podrían llegar a apreciarlo como yo lo hice. Estoy seguro de que yo mismo no he podido entenderlo por completo, pero supongo que no es fácil llegar a la concepción de la existencia que plantea Sartre, a vivir esa experiencia que él llama la Náusea. Nada se pierde intentando.
Finalmente, una de las conclusiones más fuertes que pude formular al finalizar la novela es que si Sartre esperaba, como M. Roquentin, perpetuar su existencia a través de un libro, lo logró. O por lo menos conmigo.
Jean Paul Sartre, yo pienso mucho en usted, aunque ya esté muerto.
10 de abril de 2010
Fragmento de La Náusea, de Jean-Paul Sartre
(Antoine Roquentin se encuentra almorzando con el Autodidacto en un restorán.)
"Recorro la sala con la vista. ¡Qué farsa! Todas esas personas están sentadas con aire de seriedad: comen. No, no comen: reparan sus fuerzas para llevar a cabo la tarea que les incumbe. Cada uno tiene su pequeño empecinamiento personal que le impide darse cuenta de que existe; no hay una que no se crea indispensable para alguien o para algo. (...) Cada uno de ellos hace una cosita, y nadie más indicado para hacerla. (…) Y yo estoy entre ellos, y si me miran, han de pensar que no hay nadie más indicado que yo para hacer lo que hago. Pero yo sé. No lo demuestro, pero sé que existo y que ellos existen. Y si conociera el arte de persuadir, iría a sentarme junto al hermoso señor de pelo blanco y le explicaría lo que es la existencia. Pensando en la cara que me pondría, lanzo una carcajada. El Autodidacto me mira sorprendido. Quisiera detenerme, pero no puedo: me río hasta las lágrimas.
-Está usted alegre, señor – me dice el Autodidacto con aire circunspecto.
-Es que pienso – le digo riendo – que estamos todos aquí, comiendo y bebiendo para conservar nuestra preciosa existencia, y no hay nada, nada, ninguna razón para existir.
El Autodidacto se ha puesto grave. Hace un esfuerzo para comprenderme. Me reí demasiado fuerte; he visto que varias cabezas se volvían hacia mí. Y además lamento haber dicho tanto. Después de todo, a nadie le interesa.
Repite lentamente:
-Ninguna razón para existir… ¿Quiere usted decir, señor, que la vida no tiene objeto? ¿No es eso lo que llaman pesimismo?
Reflexiona un instante más y dice, con dulzura:
-He leído hace unos años un libro de un autor americano; se llamaba: ¿Vale la pena vivir la vida? ¿No es la cuestión que usted plantea?
Evidentemente no, no es la cuestión que yo planteo. Pero no quiero explicar nada.
-Concluía - me dice el Autodidacto con tono consolador- defendiendo el optimismo voluntario. La vida tiene un sentido si uno quiere dárselo. Primero hay que obrar, lanzarse a una empresa. Cuando se reflexiona, la suerte ya está echada, uno está comprometido. No sé qué piensa usted de esto, señor.
-Nada - digo.
O más bien pienso que es ésa la clase de mentira que se dicen perpetuamente el viajante de comercio, los dos jóvenes y el señor de pelo blanco.
El Autodidacto sonríe con un poco de malicia y mucha solemnidad.
-Tampoco es mi opinión. Pienso que no necesitamos buscar tan lejos el sentido de nuestra vida.
-¿Eh?
-Hay un objetivo, señor, hay un objetivo... Están los hombres."
"Recorro la sala con la vista. ¡Qué farsa! Todas esas personas están sentadas con aire de seriedad: comen. No, no comen: reparan sus fuerzas para llevar a cabo la tarea que les incumbe. Cada uno tiene su pequeño empecinamiento personal que le impide darse cuenta de que existe; no hay una que no se crea indispensable para alguien o para algo. (...) Cada uno de ellos hace una cosita, y nadie más indicado para hacerla. (…) Y yo estoy entre ellos, y si me miran, han de pensar que no hay nadie más indicado que yo para hacer lo que hago. Pero yo sé. No lo demuestro, pero sé que existo y que ellos existen. Y si conociera el arte de persuadir, iría a sentarme junto al hermoso señor de pelo blanco y le explicaría lo que es la existencia. Pensando en la cara que me pondría, lanzo una carcajada. El Autodidacto me mira sorprendido. Quisiera detenerme, pero no puedo: me río hasta las lágrimas.
-Está usted alegre, señor – me dice el Autodidacto con aire circunspecto.
-Es que pienso – le digo riendo – que estamos todos aquí, comiendo y bebiendo para conservar nuestra preciosa existencia, y no hay nada, nada, ninguna razón para existir.
El Autodidacto se ha puesto grave. Hace un esfuerzo para comprenderme. Me reí demasiado fuerte; he visto que varias cabezas se volvían hacia mí. Y además lamento haber dicho tanto. Después de todo, a nadie le interesa.
Repite lentamente:
-Ninguna razón para existir… ¿Quiere usted decir, señor, que la vida no tiene objeto? ¿No es eso lo que llaman pesimismo?
Reflexiona un instante más y dice, con dulzura:
-He leído hace unos años un libro de un autor americano; se llamaba: ¿Vale la pena vivir la vida? ¿No es la cuestión que usted plantea?
Evidentemente no, no es la cuestión que yo planteo. Pero no quiero explicar nada.
-Concluía - me dice el Autodidacto con tono consolador- defendiendo el optimismo voluntario. La vida tiene un sentido si uno quiere dárselo. Primero hay que obrar, lanzarse a una empresa. Cuando se reflexiona, la suerte ya está echada, uno está comprometido. No sé qué piensa usted de esto, señor.
-Nada - digo.
O más bien pienso que es ésa la clase de mentira que se dicen perpetuamente el viajante de comercio, los dos jóvenes y el señor de pelo blanco.
El Autodidacto sonríe con un poco de malicia y mucha solemnidad.
-Tampoco es mi opinión. Pienso que no necesitamos buscar tan lejos el sentido de nuestra vida.
-¿Eh?
-Hay un objetivo, señor, hay un objetivo... Están los hombres."
4 de marzo de 2010
Empezar a correr
Cada día estoy más libre de odio gratuito. Respeto, comprendo y miro el uno a través del todo.
Sólo me paro en frente de quienes realmente odian y de quienes no saben ni quieren saber de dónde viene su odio. Tampoco a dónde va.
La historia se dobla y se retuerce. Las grietas florecen y vive la amenaza de fractura.
La historia resiste porque aun está sola. No puede terminar de salir de la pobreza a la que la condenaron, queriendo asesinarla, sin saber que la historia es inmortal.
Son muchos los que no saben del mal que pueden llegar a hacer cuando creen que están aislados, que no eligen porque no les es indispensable y no saben que no elegir es una elección.
Los libros se están escribiendo. Los libros se están llenando de nuevo, de historia. Las páginas en blanco empiezan a mancharse. El barro y la tinta las condenan a la eternidad, pero las páginas se van, como un tren que parte y abandona. Nos abandona a nosotros, a los jóvenes, al combustible de ese tren.
Empecemos a correr. La estación se pone muy oscura en la noche.
Sólo me paro en frente de quienes realmente odian y de quienes no saben ni quieren saber de dónde viene su odio. Tampoco a dónde va.
La historia se dobla y se retuerce. Las grietas florecen y vive la amenaza de fractura.
La historia resiste porque aun está sola. No puede terminar de salir de la pobreza a la que la condenaron, queriendo asesinarla, sin saber que la historia es inmortal.
Son muchos los que no saben del mal que pueden llegar a hacer cuando creen que están aislados, que no eligen porque no les es indispensable y no saben que no elegir es una elección.
Los libros se están escribiendo. Los libros se están llenando de nuevo, de historia. Las páginas en blanco empiezan a mancharse. El barro y la tinta las condenan a la eternidad, pero las páginas se van, como un tren que parte y abandona. Nos abandona a nosotros, a los jóvenes, al combustible de ese tren.
Empecemos a correr. La estación se pone muy oscura en la noche.
23 de febrero de 2010
Culpable
En la asimilación de la exterioridad he sido otra persona que ya no soy. He pertenecido a un todo que se resquebrajó y por cuyas hendijas se filtraron las aguas de un océano tan imponente como infinito, que terminó por destruir ese caparazón que ya nunca podré volver a reconstruir. He visto lo obvio con ojos ciegos y ahora escucho el tiempo suceder a la velocidad de la vida. Hay agua del océano alojada en mi cabeza. No puedo contener demasiada, mi cabeza es del tamaño de una cabeza humana y en ella vive mi cerebro, también de las dimensiones de un cerebro humano. Pero más vasto es el océano en su minuciosidad que en su superficie. Pequeñas partículas formadas por partículas más pequeñas, formadas por otras más diminutas aun, al infinito. Tengo un océano infinito en la cabeza. Ya no podré secar mi cerebro otra vez.
Soy en el tren con complicidad, cínico y egoísta. Inútil, cobarde, impotente y culpable del mundo. Déspota de un imperio en ruinas. Abro los grifos del eterno mar que fluye hacia la nada, virgen. Derrochador de verdades. Y la vida es a la velocidad del tren. Y el tren se desliza sobre las vías y la gente es en él como un pez en una pecera. Sólo un pez nadando como cualquier pez nada en el océano. Sólo que no sabe que el océano es mucho más vasto que una pecera. Pero el pez sigue nadando lo mismo. Nada. Y es que el agua de la pecera es tan infinita como la del océano, en su propia minuciosidad. Nada importan sus paredes de cristal. Los peces las ignoran.
Llora mi océano adentro. Soy un pez muerto. Floto en la frustración de haber nadado entre paredes y morir en la libertad que me condena. No veo las paredes, sé que no están. Pero no nado. Estallo adentro. Revolución, apocalipsis y reencarnación. Ebullición, amaneceres y anocheceres constantes. Putrefacción y florecimientos. Muerte. Nacimiento. Verdad y convicciones. Absolutismo nihilista. Hipocresía terca, religión materialista. Obsesiones y ceguera. Infinitud. Sigo siendo el prisionero de siempre.
"Algún día algo monstruoso estallará en mí y yo me convertiré en otro hombre." *
* "Los Siete Locos", Arlt, Roberto, 1929.
Soy en el tren con complicidad, cínico y egoísta. Inútil, cobarde, impotente y culpable del mundo. Déspota de un imperio en ruinas. Abro los grifos del eterno mar que fluye hacia la nada, virgen. Derrochador de verdades. Y la vida es a la velocidad del tren. Y el tren se desliza sobre las vías y la gente es en él como un pez en una pecera. Sólo un pez nadando como cualquier pez nada en el océano. Sólo que no sabe que el océano es mucho más vasto que una pecera. Pero el pez sigue nadando lo mismo. Nada. Y es que el agua de la pecera es tan infinita como la del océano, en su propia minuciosidad. Nada importan sus paredes de cristal. Los peces las ignoran.
Llora mi océano adentro. Soy un pez muerto. Floto en la frustración de haber nadado entre paredes y morir en la libertad que me condena. No veo las paredes, sé que no están. Pero no nado. Estallo adentro. Revolución, apocalipsis y reencarnación. Ebullición, amaneceres y anocheceres constantes. Putrefacción y florecimientos. Muerte. Nacimiento. Verdad y convicciones. Absolutismo nihilista. Hipocresía terca, religión materialista. Obsesiones y ceguera. Infinitud. Sigo siendo el prisionero de siempre.
"Algún día algo monstruoso estallará en mí y yo me convertiré en otro hombre." *
* "Los Siete Locos", Arlt, Roberto, 1929.
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