Eso. Eso de la separatidad y… bueno. Estoy buscando. No sé, no hay momentos de fijeza. Se me va la razón y no entiendo. No me entiendo. Necesito y no necesito.
Si me quedo quieto y miro y lo siento, lo veo. Eso, eso de la separatidad. Eso de la soledad pero no tan simple como eso. Como eso de la soledad.
Es hundirme en brazos. Es arrojarme y sacarme del lomo todo eso que es la vida. Eso del día a día, de la falta de fijeza. La concentración. Pero la concentración relajada.
Ella me gusta. Sí, ella también, pero… ay. No es así. ¿Cómo es? Ya está. Será. Sigo. No hay fijeza, de nuevo. ¿Debería? Debería ser. Lo que se es y lo que se hace. Se es y se hace lo que debería. No hay sujeto. No soy yo, entonces. No debería. Soy y seré.
Qué tanto laberinto. Que si la angustia está y cuando no está, está la otra. La del no sé cómo. Y el debería. Pero, ay, la plenitud. Los ratos cortos y eternos. Y la piel, y el aliento.
Las palabras. Eso de las palabras. Las palabras como la música. La música como la esencia; y la piel, y el aliento, una envoltura.
Busco la música, pero no quiero golpear. No quiero sacudir el árbol hasta que caigan los pájaros. Quiero recostarme a la sombra a silbar. Cantar y esperar la armonía. O trepar, trepar y buscar la armonía. Y tomar vuelo.
Y la luz que me hace falta. Y el escalón que sigue. Las ideas gigantes como montañas interminables. Tan difícil dimensionar. La vanidad con las ideas, con palabras y la música, la piel y el aliento, el camino. El pájaro ornado. Lo intocable. Lo lejano.
El mundo de los escondites, donde todo lo que no se hace, se hará, no existe.
Y hasta los hermanos se desvanecen en el aire. Todo por eso de la separatidad.
Ese es mi vicio y mi abstinencia.
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30 de julio de 2012
11 de enero de 2011
Improbable
Escasean hechos tan infantilmente placenteros como mirar a una mujer a los ojos a través de la hendija efímera de un colectivo en movimiento, platónica masturbación que en los rincones de la conciencia replegada suspende en la atemporalidad el calor de la daga que se hunde en el sobaco del flanco segundo, en manos finas de la dama holograma, empapada de colores en ebullición, nacida del movimiento, floreciente en la perpetua posibilidad de sí en la sinrazón de la razón del yo-universo.
¡Qué sabré del amor si lo siento a cada momento! ¡Qué sabré de las mujeres si soy hombre enamorado del abismo de mi tragedia sexual, de la nada que me piensa, que me siente, que me existe!
Con la nada obsesionado no encontraré mi todo complementado.
¡Qué sabré del amor si lo siento a cada momento! ¡Qué sabré de las mujeres si soy hombre enamorado del abismo de mi tragedia sexual, de la nada que me piensa, que me siente, que me existe!
Con la nada obsesionado no encontraré mi todo complementado.
27 de mayo de 2010
Click
Hace ya un tiempo que vengo hablando y escuchando hablar en el círculo íntimo, entre hermanos de cabeza, corazón y mano (más bien puño), esa palabra tan breve y concisa como ambigua.
Click.
“Pasa que vos tuviste un ‘click’”.
“Hubo un momento en nuestras vidas que nos hizo un ‘click’”.
Muy bien. Mi cabeza hizo “click”. Se supone que esa onomatopeya responde a una apertura craneal, metafóricamente hablando, a una revolución intelectual, una grieta que se abrió y dio paso a una infinita cantidad de información que tiró abajo lo viejo y alzó la bandera de la verdad, aun la de aquella que niega su propia existencia.
¿Cómo entender ese “click”? ¿De qué manera lo experimenté y bajo qué argumentos?
“Tu cabeza te hizo ‘click’” y todas sus variantes no me dejan de resultar argumentos demasiado pretenciosos. Yo mismo los utilizo, no me queda otra. Todo el mundo parece entender cuando se habla de un “click”, pero es precisamente por eso que descubro que esa pequeña palabra no funciona correctamente.
Click.
¿Qué significa realmente que la cabeza nos haga “click”? ¿A todos los que lo vivimos, nos hace el mismo “click”? ¿Es ese “click” algo concreto? ¿Hay uno y sólo un “click”? ¿Cómo puede una persona que no entiende lo que yo entiendo y cómo yo lo entiendo, entender que me hizo “click” la cabeza? ¿Cómo puede acaso esa misma persona, por sus propios medios, diagnosticarme un “click a nivel cerebral”? Digo: ¿no le da ni un poquito de intriga o curiosidad por saber qué se siente experimentar ese “click”? ¿O es que hablamos de diferentes “clicks”?
Suelo caer en la conclusión rápida de que el hecho-click es para algunos una representación de algo que unos pocos creemos que nos sucede y el resto del planeta nos sigue la corriente, como a los locos, simplemente para no discrepar. De todas formas, no me disgusta ser tomado por loco.
Click.
¿Qué hay más allá del “click”? Mucho, desde luego. El problema es que ya no recuerdo cuándo fue el “click”. Más bien creo que ahora es el “click” y que, de ahora en adelante, no podré escapar de ninguna manera a ese “click”. Pero, entonces, ¿no es “click” una onomatopeya algo escasa?
“Clicks” hago muchos durante el día; mi vida está dedicada mayormente a manejarme mediante “clicks”. Quien inventó el mouse condicionó mi vida. Pero todos esos “clicks” a los que difícilmente algún día logre escapar, de ninguna manera forman un gran “click” eterno. De hecho son “clicks”. La palabra, el sonido lo dice. Representa algo espontáneo, puntual, específico, que no se perpetúa en el tiempo, precisamente.
Click.
Si bien puedo pasarme la vida buscando una palabra que represente mejor mi condición, el problema más grave, creo, radica en la cuestión del anhelo por la diferenciación.
Es claro que algo cambió en mí. Es claro que no soy el mismo de antes. Está claro que ya no pertenezco al sector de la sociedad que, sumergido en la rutinaria cotidianeidad, se suele definir como “ultra-alienado”. Ahora bien: ¿cuáles son las razones por las cuales una persona como yo puede autoproclamarse “desalienada”? ¿De qué manera puedo yo asegurarme de que la experiencia que he vivido estos últimos años me relaciona con una minoría y me diferencia de una mayoría? ¿Qué pruebas tengo yo de que realmente soy diferente a otras personas cuya vida transcurrió y transcurre bajo las mismas condiciones que determinaron y determinan la mía? Así como me pregunto si quien me diagnostica un “click” desde una posición ajena a la experiencia en cuestión, realmente entiende de qué se trata ese “click” y si no lo llena de curiosidad por no haberlo vivido, me pregunto también si yo mismo debo realmente considerar que esa persona es completamente ajena y que las posibilidades de que su cabeza haga ese “click” distan demasiado de las mías como para hablarle de igual a igual.
Click.
Pensar que soy yo alguien especial, con una experiencia intelectual diferente a la de los demás y partir de ese punto para relacionarme con las personas que me rodean, me resulta una actitud de extrema subestimación a la naturaleza y a la capacidad del intelecto del otro. Si para discutir sobre ciertas cuestiones, debo yo primero considerarme alguien diferente y en dicho caso, superior al resto de los interlocutores, creo que muy difícilmente lograré sostener dicha discusión de una manera horizontal y, por ende, ni yo ni quienes participen del debate lograremos enriquecer nuestro conocimiento. En otras palabras, me quedaría solo.
Click.
En conclusión, se me dificulta encontrar una mejor manera de expresarme que la de decir sin vueltas los que pienso, así eso implique, supuestamente, una exigencia intelectual especial para algunos, para que logren entenderme o por lo menos para que no se sientan intimidados por mi lógica aparentemente extraordinaria.
Click.
Click.
“Pasa que vos tuviste un ‘click’”.
“Hubo un momento en nuestras vidas que nos hizo un ‘click’”.
Muy bien. Mi cabeza hizo “click”. Se supone que esa onomatopeya responde a una apertura craneal, metafóricamente hablando, a una revolución intelectual, una grieta que se abrió y dio paso a una infinita cantidad de información que tiró abajo lo viejo y alzó la bandera de la verdad, aun la de aquella que niega su propia existencia.
¿Cómo entender ese “click”? ¿De qué manera lo experimenté y bajo qué argumentos?
“Tu cabeza te hizo ‘click’” y todas sus variantes no me dejan de resultar argumentos demasiado pretenciosos. Yo mismo los utilizo, no me queda otra. Todo el mundo parece entender cuando se habla de un “click”, pero es precisamente por eso que descubro que esa pequeña palabra no funciona correctamente.
Click.
¿Qué significa realmente que la cabeza nos haga “click”? ¿A todos los que lo vivimos, nos hace el mismo “click”? ¿Es ese “click” algo concreto? ¿Hay uno y sólo un “click”? ¿Cómo puede una persona que no entiende lo que yo entiendo y cómo yo lo entiendo, entender que me hizo “click” la cabeza? ¿Cómo puede acaso esa misma persona, por sus propios medios, diagnosticarme un “click a nivel cerebral”? Digo: ¿no le da ni un poquito de intriga o curiosidad por saber qué se siente experimentar ese “click”? ¿O es que hablamos de diferentes “clicks”?
Suelo caer en la conclusión rápida de que el hecho-click es para algunos una representación de algo que unos pocos creemos que nos sucede y el resto del planeta nos sigue la corriente, como a los locos, simplemente para no discrepar. De todas formas, no me disgusta ser tomado por loco.
Click.
¿Qué hay más allá del “click”? Mucho, desde luego. El problema es que ya no recuerdo cuándo fue el “click”. Más bien creo que ahora es el “click” y que, de ahora en adelante, no podré escapar de ninguna manera a ese “click”. Pero, entonces, ¿no es “click” una onomatopeya algo escasa?
“Clicks” hago muchos durante el día; mi vida está dedicada mayormente a manejarme mediante “clicks”. Quien inventó el mouse condicionó mi vida. Pero todos esos “clicks” a los que difícilmente algún día logre escapar, de ninguna manera forman un gran “click” eterno. De hecho son “clicks”. La palabra, el sonido lo dice. Representa algo espontáneo, puntual, específico, que no se perpetúa en el tiempo, precisamente.
Click.
Si bien puedo pasarme la vida buscando una palabra que represente mejor mi condición, el problema más grave, creo, radica en la cuestión del anhelo por la diferenciación.
Es claro que algo cambió en mí. Es claro que no soy el mismo de antes. Está claro que ya no pertenezco al sector de la sociedad que, sumergido en la rutinaria cotidianeidad, se suele definir como “ultra-alienado”. Ahora bien: ¿cuáles son las razones por las cuales una persona como yo puede autoproclamarse “desalienada”? ¿De qué manera puedo yo asegurarme de que la experiencia que he vivido estos últimos años me relaciona con una minoría y me diferencia de una mayoría? ¿Qué pruebas tengo yo de que realmente soy diferente a otras personas cuya vida transcurrió y transcurre bajo las mismas condiciones que determinaron y determinan la mía? Así como me pregunto si quien me diagnostica un “click” desde una posición ajena a la experiencia en cuestión, realmente entiende de qué se trata ese “click” y si no lo llena de curiosidad por no haberlo vivido, me pregunto también si yo mismo debo realmente considerar que esa persona es completamente ajena y que las posibilidades de que su cabeza haga ese “click” distan demasiado de las mías como para hablarle de igual a igual.
Click.
Pensar que soy yo alguien especial, con una experiencia intelectual diferente a la de los demás y partir de ese punto para relacionarme con las personas que me rodean, me resulta una actitud de extrema subestimación a la naturaleza y a la capacidad del intelecto del otro. Si para discutir sobre ciertas cuestiones, debo yo primero considerarme alguien diferente y en dicho caso, superior al resto de los interlocutores, creo que muy difícilmente lograré sostener dicha discusión de una manera horizontal y, por ende, ni yo ni quienes participen del debate lograremos enriquecer nuestro conocimiento. En otras palabras, me quedaría solo.
Click.
En conclusión, se me dificulta encontrar una mejor manera de expresarme que la de decir sin vueltas los que pienso, así eso implique, supuestamente, una exigencia intelectual especial para algunos, para que logren entenderme o por lo menos para que no se sientan intimidados por mi lógica aparentemente extraordinaria.
Click.
18 de abril de 2010
Sobre pretenciones
¿Cuál es la diferencia entre ser aquello que uno era, que uno se dispone día a día a dejar de ser y con lo que uno está cada vez más en desacuerdo, y esto que uno pretende ser, que uno intenta constantemente demostrar que es, hasta el último detalle, corrigiéndose una y otra vez, convenciéndose a la fuerza de que uno ya lo es desde el momento en que deja de ser aquello primero?
Descubro que el yo que veo mal es tan explícito y avergonzante como difuso, ambiguo y engañoso es el yo que veo bien. No sé qué soy en este momento, no puedo determinar cómo ser ni cómo cambiar lo que me hace la persona que no quiero ser. Pretendo dejar de ser algo con sólo negarlo y ser otro con sólo afirmarlo. Pero me doy cuenta que el pretender ser algo nuevo con sólo afirmarlo, determina que hay algo en mí a cambiar que no estoy viendo, y es el aspecto autoritario, caprichoso y engañoso que me obliga a creer que soy algo cuando realmente no lo soy.
Descubro también en mí la vanidad al querer ser una más entre todas las personas. Esa contradicción me lleva a replantearme mis más profundos deseos, sueños y utopías. ¿Cuán lejos podré ir y cuán exitoso podre llegar a ser en la búsqueda de mis principales objetivos, si se encuentran éstos agraviados por un objetivo tramposo, subyacente e invisible que no logro asumir ni neutralizar? Quizás deba primero abandonar la mayor parte de esos objetivos para replantearme quién soy, qué soy y qué es lo que quiero ser.
Accionar libre e independientemente contra el sistema que nos oprime, junto a compañeros que apuntan hacia un objetivo similar, cuando es entre nosotros que descubrimos, al vernos reflejados, una inmaudrez, una indeterminada e inconclusa introspección, y una más que evidente vanidad, propia de cualquier sujeto conciente de sus ambiciones, creo que nos obliga a detener nuestro paso, calmar nuestras ansias, y sentarnos a escuchar lo que nos dice nuestra propia mente.
Creo que es necesario también tener en cuenta la inminencia con la que se presenta la frustración. Descubro en mí que ninguna de mis convicciones está del todo determinada como tal, y que en este mundo hay miles de millones de personas, de la cuales yo soy sólo una. Una en miles de millones.
Planteo, pues, por el momento, reducir la lucha a buscar ser lo que uno pretender ser y no buscar hacer del mundo lo que uno pretende que el mundo sea.
Descubro que el yo que veo mal es tan explícito y avergonzante como difuso, ambiguo y engañoso es el yo que veo bien. No sé qué soy en este momento, no puedo determinar cómo ser ni cómo cambiar lo que me hace la persona que no quiero ser. Pretendo dejar de ser algo con sólo negarlo y ser otro con sólo afirmarlo. Pero me doy cuenta que el pretender ser algo nuevo con sólo afirmarlo, determina que hay algo en mí a cambiar que no estoy viendo, y es el aspecto autoritario, caprichoso y engañoso que me obliga a creer que soy algo cuando realmente no lo soy.
Descubro también en mí la vanidad al querer ser una más entre todas las personas. Esa contradicción me lleva a replantearme mis más profundos deseos, sueños y utopías. ¿Cuán lejos podré ir y cuán exitoso podre llegar a ser en la búsqueda de mis principales objetivos, si se encuentran éstos agraviados por un objetivo tramposo, subyacente e invisible que no logro asumir ni neutralizar? Quizás deba primero abandonar la mayor parte de esos objetivos para replantearme quién soy, qué soy y qué es lo que quiero ser.
Accionar libre e independientemente contra el sistema que nos oprime, junto a compañeros que apuntan hacia un objetivo similar, cuando es entre nosotros que descubrimos, al vernos reflejados, una inmaudrez, una indeterminada e inconclusa introspección, y una más que evidente vanidad, propia de cualquier sujeto conciente de sus ambiciones, creo que nos obliga a detener nuestro paso, calmar nuestras ansias, y sentarnos a escuchar lo que nos dice nuestra propia mente.
Creo que es necesario también tener en cuenta la inminencia con la que se presenta la frustración. Descubro en mí que ninguna de mis convicciones está del todo determinada como tal, y que en este mundo hay miles de millones de personas, de la cuales yo soy sólo una. Una en miles de millones.
Planteo, pues, por el momento, reducir la lucha a buscar ser lo que uno pretender ser y no buscar hacer del mundo lo que uno pretende que el mundo sea.
16 de abril de 2010
Conclusiones sobre La Náusea
Acabo de terminar de leer La Náusea, de Jean Paul Sartre. Fue la última vez que lo terminé de leer por primera vez. Hubiera querido que fuese mejor, por ser la última vez. Pero no, fue un final leído a los apurones sobre un colectivo, con un envión de emoción que me arrojó al vacío que llena la parte de adentro de la contratapa. A pesar de eso, no voy a intentar leerlo de nuevo. Ya me ha pasado y ya lo he intentado, y es en vano. Los finales se leen una primera y última vez; las demás, son falsas reproducciones, vacías.
Por más inconveniente que pueda resultar terminar un libro a los apurones antes de que el colectivo sobre el que uno viaja llegue al destino en que uno pretende descender, resulta una experiencia especial. Siempre cierro el libro, en busca de algo más; su finitud es mortal, y me da a entender que no sólo Borges supo soñar con el libro de arena.
Vivo en el siglo XXI y aún soy algo adolescente. Pensé en seguida en expresar todo eso que sentí, o lo que más logre rescatar, a través de este fenómeno llamado Internet. Qué estúpido, qué coherente. Demasiado fiel a mi generación. Pero es que Sartre no sólo me ha dicho “ce que tu ressens, c'est l'existence, c’est la nausée”, no sólo rompió con mi ego como lo hizo con el suyo y con el de Antoine Roquentin, sino que, además, me genero una necesidad, una urgencia desesperante por querer que todo el mundo sienta la Náusea. Si todo el mundo la sintiera, si todo el mundo pudiera sentir la Náusea, éste sería otro mundo. Por eso quise llevar toda esa gran sensación que me generó Jean Paul con su libro a la red social donde circula la gran mayoría de los jóvenes de mi generación, en especial aquellos con quienes puedo compartir un evento personal e intelectual de este tipo.
Juro que me superan las ganas de subir el libro entero de a fragmentos. Sería una locura, pero es que siento que no es suficiente con recomendárselo a uno y cada uno. De todas formas, no sé cuántos podrían llegar a apreciarlo como yo lo hice. Estoy seguro de que yo mismo no he podido entenderlo por completo, pero supongo que no es fácil llegar a la concepción de la existencia que plantea Sartre, a vivir esa experiencia que él llama la Náusea. Nada se pierde intentando.
Finalmente, una de las conclusiones más fuertes que pude formular al finalizar la novela es que si Sartre esperaba, como M. Roquentin, perpetuar su existencia a través de un libro, lo logró. O por lo menos conmigo.
Jean Paul Sartre, yo pienso mucho en usted, aunque ya esté muerto.
Por más inconveniente que pueda resultar terminar un libro a los apurones antes de que el colectivo sobre el que uno viaja llegue al destino en que uno pretende descender, resulta una experiencia especial. Siempre cierro el libro, en busca de algo más; su finitud es mortal, y me da a entender que no sólo Borges supo soñar con el libro de arena.
Vivo en el siglo XXI y aún soy algo adolescente. Pensé en seguida en expresar todo eso que sentí, o lo que más logre rescatar, a través de este fenómeno llamado Internet. Qué estúpido, qué coherente. Demasiado fiel a mi generación. Pero es que Sartre no sólo me ha dicho “ce que tu ressens, c'est l'existence, c’est la nausée”, no sólo rompió con mi ego como lo hizo con el suyo y con el de Antoine Roquentin, sino que, además, me genero una necesidad, una urgencia desesperante por querer que todo el mundo sienta la Náusea. Si todo el mundo la sintiera, si todo el mundo pudiera sentir la Náusea, éste sería otro mundo. Por eso quise llevar toda esa gran sensación que me generó Jean Paul con su libro a la red social donde circula la gran mayoría de los jóvenes de mi generación, en especial aquellos con quienes puedo compartir un evento personal e intelectual de este tipo.
Juro que me superan las ganas de subir el libro entero de a fragmentos. Sería una locura, pero es que siento que no es suficiente con recomendárselo a uno y cada uno. De todas formas, no sé cuántos podrían llegar a apreciarlo como yo lo hice. Estoy seguro de que yo mismo no he podido entenderlo por completo, pero supongo que no es fácil llegar a la concepción de la existencia que plantea Sartre, a vivir esa experiencia que él llama la Náusea. Nada se pierde intentando.
Finalmente, una de las conclusiones más fuertes que pude formular al finalizar la novela es que si Sartre esperaba, como M. Roquentin, perpetuar su existencia a través de un libro, lo logró. O por lo menos conmigo.
Jean Paul Sartre, yo pienso mucho en usted, aunque ya esté muerto.
4 de marzo de 2010
Empezar a correr
Cada día estoy más libre de odio gratuito. Respeto, comprendo y miro el uno a través del todo.
Sólo me paro en frente de quienes realmente odian y de quienes no saben ni quieren saber de dónde viene su odio. Tampoco a dónde va.
La historia se dobla y se retuerce. Las grietas florecen y vive la amenaza de fractura.
La historia resiste porque aun está sola. No puede terminar de salir de la pobreza a la que la condenaron, queriendo asesinarla, sin saber que la historia es inmortal.
Son muchos los que no saben del mal que pueden llegar a hacer cuando creen que están aislados, que no eligen porque no les es indispensable y no saben que no elegir es una elección.
Los libros se están escribiendo. Los libros se están llenando de nuevo, de historia. Las páginas en blanco empiezan a mancharse. El barro y la tinta las condenan a la eternidad, pero las páginas se van, como un tren que parte y abandona. Nos abandona a nosotros, a los jóvenes, al combustible de ese tren.
Empecemos a correr. La estación se pone muy oscura en la noche.
Sólo me paro en frente de quienes realmente odian y de quienes no saben ni quieren saber de dónde viene su odio. Tampoco a dónde va.
La historia se dobla y se retuerce. Las grietas florecen y vive la amenaza de fractura.
La historia resiste porque aun está sola. No puede terminar de salir de la pobreza a la que la condenaron, queriendo asesinarla, sin saber que la historia es inmortal.
Son muchos los que no saben del mal que pueden llegar a hacer cuando creen que están aislados, que no eligen porque no les es indispensable y no saben que no elegir es una elección.
Los libros se están escribiendo. Los libros se están llenando de nuevo, de historia. Las páginas en blanco empiezan a mancharse. El barro y la tinta las condenan a la eternidad, pero las páginas se van, como un tren que parte y abandona. Nos abandona a nosotros, a los jóvenes, al combustible de ese tren.
Empecemos a correr. La estación se pone muy oscura en la noche.
23 de febrero de 2010
Culpable
En la asimilación de la exterioridad he sido otra persona que ya no soy. He pertenecido a un todo que se resquebrajó y por cuyas hendijas se filtraron las aguas de un océano tan imponente como infinito, que terminó por destruir ese caparazón que ya nunca podré volver a reconstruir. He visto lo obvio con ojos ciegos y ahora escucho el tiempo suceder a la velocidad de la vida. Hay agua del océano alojada en mi cabeza. No puedo contener demasiada, mi cabeza es del tamaño de una cabeza humana y en ella vive mi cerebro, también de las dimensiones de un cerebro humano. Pero más vasto es el océano en su minuciosidad que en su superficie. Pequeñas partículas formadas por partículas más pequeñas, formadas por otras más diminutas aun, al infinito. Tengo un océano infinito en la cabeza. Ya no podré secar mi cerebro otra vez.
Soy en el tren con complicidad, cínico y egoísta. Inútil, cobarde, impotente y culpable del mundo. Déspota de un imperio en ruinas. Abro los grifos del eterno mar que fluye hacia la nada, virgen. Derrochador de verdades. Y la vida es a la velocidad del tren. Y el tren se desliza sobre las vías y la gente es en él como un pez en una pecera. Sólo un pez nadando como cualquier pez nada en el océano. Sólo que no sabe que el océano es mucho más vasto que una pecera. Pero el pez sigue nadando lo mismo. Nada. Y es que el agua de la pecera es tan infinita como la del océano, en su propia minuciosidad. Nada importan sus paredes de cristal. Los peces las ignoran.
Llora mi océano adentro. Soy un pez muerto. Floto en la frustración de haber nadado entre paredes y morir en la libertad que me condena. No veo las paredes, sé que no están. Pero no nado. Estallo adentro. Revolución, apocalipsis y reencarnación. Ebullición, amaneceres y anocheceres constantes. Putrefacción y florecimientos. Muerte. Nacimiento. Verdad y convicciones. Absolutismo nihilista. Hipocresía terca, religión materialista. Obsesiones y ceguera. Infinitud. Sigo siendo el prisionero de siempre.
"Algún día algo monstruoso estallará en mí y yo me convertiré en otro hombre." *
* "Los Siete Locos", Arlt, Roberto, 1929.
Soy en el tren con complicidad, cínico y egoísta. Inútil, cobarde, impotente y culpable del mundo. Déspota de un imperio en ruinas. Abro los grifos del eterno mar que fluye hacia la nada, virgen. Derrochador de verdades. Y la vida es a la velocidad del tren. Y el tren se desliza sobre las vías y la gente es en él como un pez en una pecera. Sólo un pez nadando como cualquier pez nada en el océano. Sólo que no sabe que el océano es mucho más vasto que una pecera. Pero el pez sigue nadando lo mismo. Nada. Y es que el agua de la pecera es tan infinita como la del océano, en su propia minuciosidad. Nada importan sus paredes de cristal. Los peces las ignoran.
Llora mi océano adentro. Soy un pez muerto. Floto en la frustración de haber nadado entre paredes y morir en la libertad que me condena. No veo las paredes, sé que no están. Pero no nado. Estallo adentro. Revolución, apocalipsis y reencarnación. Ebullición, amaneceres y anocheceres constantes. Putrefacción y florecimientos. Muerte. Nacimiento. Verdad y convicciones. Absolutismo nihilista. Hipocresía terca, religión materialista. Obsesiones y ceguera. Infinitud. Sigo siendo el prisionero de siempre.
"Algún día algo monstruoso estallará en mí y yo me convertiré en otro hombre." *
* "Los Siete Locos", Arlt, Roberto, 1929.
17 de marzo de 2009
Consejos para el peatón
El encontronazo de Cho
Como a todos alguna vez les habrá sucedido, es muy probable (999/1000) que una persona que camina por la calle en una dirección se cruce (dentro de un radio relativamente reducido) con otra que se dirige, también a pie, en el sentido contrario.
Muchas veces, sucede que la cantidad de personas por metro cuadrado (dentro del radio mencionado y la situación planteada) es demasiado alta para que uno pueda desplazarse "libremente" o disfrutar de una caminata a ritmo constante. Así, uno se ve obligado a mantenerse alerta y observar constantemente por dónde camina para evitar de esa forma cualquier tipo de obstáculo físico. En este caso, mantener un leve contacto físico, "rozar" y hasta colisionar con otro individuo son hechos inminentes, sean evitables o no.
Lo que nos compete en esta ocasión es una situación igualmente común, pero de un altísimo nivel de complejidad al momento de buscar una solución inmediata e "improvisable".
Se trata ni más ni menos que del "Encontronazo de Cho", denominado así por un psicólogo chino que se dedicaba al estudio de los patos y los gansos, pero que a la edad de 47 años sufrió uno de estos episodios y murió a los dos meses a causa de las hemorragias en todo el cuerpo que éste le produjo. Esos últimos dos meses, acostado en su cama, los dedicó a escribir un ensayo sobre las múltiples soluciones que habrían salvado su integridad física (y vida, posteriormente) en el caso de haber sido estudiadas antes de la colisión.
El "Encontronazo de Cho" es muy común hace ya muchísimos años, para ser más precisos, desde que existen las calles y las veredas. Se trata del encuentro de dos personas que se desplazan a pie en direcciones opuestas a lo largo de una misma línea recta y que, por más simple que parezca en un principio, en muchos casos termina en una colisión de frente que produce diferentes reacciones sobre ambos protagonistas (rubor, enojo hacia la otra persona bajo ningún argumento válido, riña y hasta el deceso de alguna de las dos partes) y que se da a causa de un extraño fenómeno sobrenatural que lleva a ambos individuos a intentar esquivarse al mismo tiempo y en exactamente la misma dirección, produciéndose así un "baile en zig-zag" que SIEMPRE concluye en un "topetazo" de frente.
Para evitar este tipo de choque y cualquiera de sus efectos posteriores, Cho nos dejó, antes de desaparecer físicamente, estos cuatro métodos como soluciones para tener en cuenta antes de salir a la calle:
Método nº 1: "El poste de luz"
Este método consiste en cesar el paso y detenerse inmediatamente ante la posibilidad de producirse el encontronazo. Una vez quieto, se espera a que el otro individuo se decida por una de las direcciones que le permitirá esquivarlo a uno, y luego se retoma la caminata en el mismo sentido en el que se venía realizando antes del encuentro (a menos que cambiemos de rumbo por un arrepentimiento repentino).
Recordemos que una vez ingresado a la etapa del "baile en zig-zag", es absolutamente imposible salir de ésta y evitar la colisión, por lo tanto, para utilizar este método, hay que ser muy determinante desde un principio. La duda siempre nos sacará a bailar.
Método nº 2: "El desvío"
Se trata de un método simple pero que, al igual que el anterior, requiere de una fuerte determinación a la hora de actuar.
En el momento en que se divisa al segundo personaje en cuestión (siendo uno el primero, claro está), se desvía la caminata en dirección oblicua, hacia uno u otro lado, y se mantiene ese rumbo hasta que la otra persona tome una dirección diferente, si es que eligió la misma.
Se recomienda desviarse hacia el lado que mejores condiciones presente, evitando a otros individuos (animales o humanos), paredes y calles con vehículos en circulación.
Método nº 3: "El obstinado"
Método aun más simple que el anterior, pero igual de exigente a la hora de tomar las riendas de la situación.
Consiste en mantener el mismo rumbo y respetar la línea recta por la que uno se desplazaba hasta ese momento. Esto permite que, una vez que la otra persona decida cambiar su rumbo, la acción de uno mismo no lo obligue a cambiar de decisión, y que el episodio sea evitable en todo sentido.
Método nº 4: "El rompehielos"
El último de los métodos desarrollados por Cho es complejo, pero tan o más efectivo que los tres anteriores. Requiere de mucha destreza física y mental, aprovechando todo tipo de reflejos naturales que uno posea.
Consiste en mantener el rumbo hasta encontrarse ante el otro individuo a una distancia considerable, más allá de si éste ya haya tomado otra dirección, y propinarle un puñetazo en la cara, preferentemente a la altura del mentón. La idea es "noquear" al interceptor para así, una vez inmóvil el cuerpo en el suelo, podamos retomar libremente nuestra caminata.
Se recomienda aplicar un golpe fuerte, seco y preciso para asegurarnos de que el receptor se desmaye. De lo contrario, podríamos recibir una respuesta igual de violenta y la situación se convertiría en una pelea callejera mucho más indeseable que una simple colisión.
Todos estos métodos pueden funcionar perfectamente, siempre y cuando uno actúe de manera precisa y que el otro peatón actúe de la manera esperada, que no es ni más ni menos que la forma en la que el ciudadano tipo reacciona ante estos inconvenientes.
Pero hay una contraindicación severa para estas soluciones, y es que tanto el primer individuo como el segundo conozcan los métodos desarrollados por Cho y decidan llevar a cabo el mismo.
Ambos podrían arrojarse un puñetazo, colisionar o quedarse horas parados, mirándose las caras como unos imbéciles.
Sea prudente. Sea astuto.
Como a todos alguna vez les habrá sucedido, es muy probable (999/1000) que una persona que camina por la calle en una dirección se cruce (dentro de un radio relativamente reducido) con otra que se dirige, también a pie, en el sentido contrario.
Muchas veces, sucede que la cantidad de personas por metro cuadrado (dentro del radio mencionado y la situación planteada) es demasiado alta para que uno pueda desplazarse "libremente" o disfrutar de una caminata a ritmo constante. Así, uno se ve obligado a mantenerse alerta y observar constantemente por dónde camina para evitar de esa forma cualquier tipo de obstáculo físico. En este caso, mantener un leve contacto físico, "rozar" y hasta colisionar con otro individuo son hechos inminentes, sean evitables o no.
Lo que nos compete en esta ocasión es una situación igualmente común, pero de un altísimo nivel de complejidad al momento de buscar una solución inmediata e "improvisable".
Se trata ni más ni menos que del "Encontronazo de Cho", denominado así por un psicólogo chino que se dedicaba al estudio de los patos y los gansos, pero que a la edad de 47 años sufrió uno de estos episodios y murió a los dos meses a causa de las hemorragias en todo el cuerpo que éste le produjo. Esos últimos dos meses, acostado en su cama, los dedicó a escribir un ensayo sobre las múltiples soluciones que habrían salvado su integridad física (y vida, posteriormente) en el caso de haber sido estudiadas antes de la colisión.
El "Encontronazo de Cho" es muy común hace ya muchísimos años, para ser más precisos, desde que existen las calles y las veredas. Se trata del encuentro de dos personas que se desplazan a pie en direcciones opuestas a lo largo de una misma línea recta y que, por más simple que parezca en un principio, en muchos casos termina en una colisión de frente que produce diferentes reacciones sobre ambos protagonistas (rubor, enojo hacia la otra persona bajo ningún argumento válido, riña y hasta el deceso de alguna de las dos partes) y que se da a causa de un extraño fenómeno sobrenatural que lleva a ambos individuos a intentar esquivarse al mismo tiempo y en exactamente la misma dirección, produciéndose así un "baile en zig-zag" que SIEMPRE concluye en un "topetazo" de frente.
Para evitar este tipo de choque y cualquiera de sus efectos posteriores, Cho nos dejó, antes de desaparecer físicamente, estos cuatro métodos como soluciones para tener en cuenta antes de salir a la calle:
Método nº 1: "El poste de luz"
Este método consiste en cesar el paso y detenerse inmediatamente ante la posibilidad de producirse el encontronazo. Una vez quieto, se espera a que el otro individuo se decida por una de las direcciones que le permitirá esquivarlo a uno, y luego se retoma la caminata en el mismo sentido en el que se venía realizando antes del encuentro (a menos que cambiemos de rumbo por un arrepentimiento repentino).
Recordemos que una vez ingresado a la etapa del "baile en zig-zag", es absolutamente imposible salir de ésta y evitar la colisión, por lo tanto, para utilizar este método, hay que ser muy determinante desde un principio. La duda siempre nos sacará a bailar.
Método nº 2: "El desvío"
Se trata de un método simple pero que, al igual que el anterior, requiere de una fuerte determinación a la hora de actuar.
En el momento en que se divisa al segundo personaje en cuestión (siendo uno el primero, claro está), se desvía la caminata en dirección oblicua, hacia uno u otro lado, y se mantiene ese rumbo hasta que la otra persona tome una dirección diferente, si es que eligió la misma.
Se recomienda desviarse hacia el lado que mejores condiciones presente, evitando a otros individuos (animales o humanos), paredes y calles con vehículos en circulación.
Método nº 3: "El obstinado"
Método aun más simple que el anterior, pero igual de exigente a la hora de tomar las riendas de la situación.
Consiste en mantener el mismo rumbo y respetar la línea recta por la que uno se desplazaba hasta ese momento. Esto permite que, una vez que la otra persona decida cambiar su rumbo, la acción de uno mismo no lo obligue a cambiar de decisión, y que el episodio sea evitable en todo sentido.
Método nº 4: "El rompehielos"
El último de los métodos desarrollados por Cho es complejo, pero tan o más efectivo que los tres anteriores. Requiere de mucha destreza física y mental, aprovechando todo tipo de reflejos naturales que uno posea.
Consiste en mantener el rumbo hasta encontrarse ante el otro individuo a una distancia considerable, más allá de si éste ya haya tomado otra dirección, y propinarle un puñetazo en la cara, preferentemente a la altura del mentón. La idea es "noquear" al interceptor para así, una vez inmóvil el cuerpo en el suelo, podamos retomar libremente nuestra caminata.
Se recomienda aplicar un golpe fuerte, seco y preciso para asegurarnos de que el receptor se desmaye. De lo contrario, podríamos recibir una respuesta igual de violenta y la situación se convertiría en una pelea callejera mucho más indeseable que una simple colisión.
Todos estos métodos pueden funcionar perfectamente, siempre y cuando uno actúe de manera precisa y que el otro peatón actúe de la manera esperada, que no es ni más ni menos que la forma en la que el ciudadano tipo reacciona ante estos inconvenientes.
Pero hay una contraindicación severa para estas soluciones, y es que tanto el primer individuo como el segundo conozcan los métodos desarrollados por Cho y decidan llevar a cabo el mismo.
Ambos podrían arrojarse un puñetazo, colisionar o quedarse horas parados, mirándose las caras como unos imbéciles.
Sea prudente. Sea astuto.
Ceder el paso
El otro día iba caminando por Rosetti, una tarde de solcito pero bastante fresquita. Clima ideal, a mi gusto. Caminaba mirando los árboles, y pensando en cuantas cuadras me quedaban para llegar a la casa de mi vieja, ya que había estado caminando y tomando colectivos en capital, y ya me había ganado el cansancio.
En eso observo que de a poco me acercaba cada vez más, a una señora de entre 40 y 50 años (por lo menos eso demostraba su vapuleada retaguardia, y no me refiero desubicadamente solo a su trasero), la cual caminaba a un paso mucho más lento que el mío. Si uno relaciona esos datos y analiza algunas leyes de la física, se da cuenta que esa diferencia, era precisamente la que me acercaba cada vez más a ella.
Como ya venía temiendo apenas vi a aquella tranquila señora, llegue al punto de la incomodidad peatonal. ¿Qué es eso? Es algo que todos vivimos alguna vez, y que yo acabo de ponerle un nombre obvio y hasta tonto. Es el momento en el que uno queda caminando detrás de una persona y siente la necesidad de esquivarla o sobrepasarla, pero he aquí cuando uno se da cuenta de que se le hace imposible, o porque las dimensiones de dicha persona ocupan demasiado espacio en la vereda, o porque su velocidad es la justa como para que no podamos pasarla ni menos que menos, soportar toda nuestra caminata detrás del individuo, como si fuésemos algún tipo de guardaespaldas, o en su defecto, algún tipo de maniático que está a punto de realizar su maldad.
Dadas las circunstancias, me decido a sobrepasarla a mí manera: caminando bien rápido por el pasto del vecino (que tanto lo cuida y que por algo hizo hacer una vereda), casi corriendo, hecho que siempre me hace sentir como un loco, pero que al fin y al cabo, resuelve mi problema.
Pero esta vez fue diferente.
La señora (quien quizás fuese algún tipo de persona híper-sensible a la velocidad, o en el más común de los casos, traumada por algún tipo de mala experiencia en la calle) se asustó al verme pasarla tan rápido, y pegó un grito y un salto que casi me infarta.
En ese momento, me vi obligado (por alguna razón que hasta este día desconozco) a dar una explicación que justificase mis movimientos bruscos.
- Disculpe, señora, no se asuste... no le voy a hacer nada- dije, sintiéndome cada vez menos claro y más confuso.
- No... está b...
- Siempre y cuando me deje pasar- interrumpí, ahora ya en un tono de persona con problemas mentales. Mi voz y mi actitud empezaban a descontrolarse. Me agité.
La señora mi miró con los ojos bien abiertos, y con un brazo cruzando su pecho con la mano en su hombro, y el otro sosteniendo firmemente su cartera.
- Ahora, si no me deja pasar, puedo llegar a pedírselo de buena manera, cosa que no creo, le resulte una agresión... quiero decir, en ese caso no le "habría hecho nada", ¿me entiende?
La señora parecía una de esas estatuas vivientes de la calle Florida. Me metí una mano en el bolsillo (como si fuera a buscar una moneda para recompensar su extraño arte) y deje la otra libre, para ayudar a expresarme mejor. Me agité más aun.
- Si aun así, no me dejase pasar, accedería a pedírselo de mala manera. De manera descortés.
- Está bien, no se preocu...
- Ahora bien. Si a usted se le canta no dejarme pasar porque es una vieja jodida, quizás en ese caso llegue a empujarla o a apartarla de mi camino con algún otro tipo de contacto físico. Quizás ahí sea el momento en el que usted considere que yo "le he hecho algo". Pero aun hay más. Si usted insistiera en no dejarme pasar, después de mi empujón, ahí sí, seguramente yo le...
Me interrumpí. Me paré. Me auto-callé.
Observé que la señora ya no estaba. Traté de recordar alguna imagen que haya visto mientras vomitaba todas esas suposiciones, y creí haberla visto entrar a su casa. En eso observé su cabeza que se asomaba por su puerta, mirándome con horror, en la lejanía.
Pero algo me distrajo.
Era otra señora, más pequeña, con más arrugas y más cara de ojete, parada frente a mí. Podía sentir su aliento a mate cocido.
- ¿Te corrés, pendejo?- me dijo de mala manera, y me empujó a un costado.
Esa noche soñé cinco sueños distintos con todas las cosas que le podría haber dicho a esa anciana maleducada, pero por alguna razón no pude.
Me quedó la vena, mirá.
En eso observo que de a poco me acercaba cada vez más, a una señora de entre 40 y 50 años (por lo menos eso demostraba su vapuleada retaguardia, y no me refiero desubicadamente solo a su trasero), la cual caminaba a un paso mucho más lento que el mío. Si uno relaciona esos datos y analiza algunas leyes de la física, se da cuenta que esa diferencia, era precisamente la que me acercaba cada vez más a ella.
Como ya venía temiendo apenas vi a aquella tranquila señora, llegue al punto de la incomodidad peatonal. ¿Qué es eso? Es algo que todos vivimos alguna vez, y que yo acabo de ponerle un nombre obvio y hasta tonto. Es el momento en el que uno queda caminando detrás de una persona y siente la necesidad de esquivarla o sobrepasarla, pero he aquí cuando uno se da cuenta de que se le hace imposible, o porque las dimensiones de dicha persona ocupan demasiado espacio en la vereda, o porque su velocidad es la justa como para que no podamos pasarla ni menos que menos, soportar toda nuestra caminata detrás del individuo, como si fuésemos algún tipo de guardaespaldas, o en su defecto, algún tipo de maniático que está a punto de realizar su maldad.
Dadas las circunstancias, me decido a sobrepasarla a mí manera: caminando bien rápido por el pasto del vecino (que tanto lo cuida y que por algo hizo hacer una vereda), casi corriendo, hecho que siempre me hace sentir como un loco, pero que al fin y al cabo, resuelve mi problema.
Pero esta vez fue diferente.
La señora (quien quizás fuese algún tipo de persona híper-sensible a la velocidad, o en el más común de los casos, traumada por algún tipo de mala experiencia en la calle) se asustó al verme pasarla tan rápido, y pegó un grito y un salto que casi me infarta.
En ese momento, me vi obligado (por alguna razón que hasta este día desconozco) a dar una explicación que justificase mis movimientos bruscos.
- Disculpe, señora, no se asuste... no le voy a hacer nada- dije, sintiéndome cada vez menos claro y más confuso.
- No... está b...
- Siempre y cuando me deje pasar- interrumpí, ahora ya en un tono de persona con problemas mentales. Mi voz y mi actitud empezaban a descontrolarse. Me agité.
La señora mi miró con los ojos bien abiertos, y con un brazo cruzando su pecho con la mano en su hombro, y el otro sosteniendo firmemente su cartera.
- Ahora, si no me deja pasar, puedo llegar a pedírselo de buena manera, cosa que no creo, le resulte una agresión... quiero decir, en ese caso no le "habría hecho nada", ¿me entiende?
La señora parecía una de esas estatuas vivientes de la calle Florida. Me metí una mano en el bolsillo (como si fuera a buscar una moneda para recompensar su extraño arte) y deje la otra libre, para ayudar a expresarme mejor. Me agité más aun.
- Si aun así, no me dejase pasar, accedería a pedírselo de mala manera. De manera descortés.
- Está bien, no se preocu...
- Ahora bien. Si a usted se le canta no dejarme pasar porque es una vieja jodida, quizás en ese caso llegue a empujarla o a apartarla de mi camino con algún otro tipo de contacto físico. Quizás ahí sea el momento en el que usted considere que yo "le he hecho algo". Pero aun hay más. Si usted insistiera en no dejarme pasar, después de mi empujón, ahí sí, seguramente yo le...
Me interrumpí. Me paré. Me auto-callé.
Observé que la señora ya no estaba. Traté de recordar alguna imagen que haya visto mientras vomitaba todas esas suposiciones, y creí haberla visto entrar a su casa. En eso observé su cabeza que se asomaba por su puerta, mirándome con horror, en la lejanía.
Pero algo me distrajo.
Era otra señora, más pequeña, con más arrugas y más cara de ojete, parada frente a mí. Podía sentir su aliento a mate cocido.
- ¿Te corrés, pendejo?- me dijo de mala manera, y me empujó a un costado.
Esa noche soñé cinco sueños distintos con todas las cosas que le podría haber dicho a esa anciana maleducada, pero por alguna razón no pude.
Me quedó la vena, mirá.
17 de mayo de 2007
El asiento de la rueda
Se sentó en el asiento de la rueda. El individual. Siempre prefirió los asientos de atrás, lo alejaban de las viejas que subían solo para abusar de su reducida movilidad y obligar a uno a pararse y cederles el asiento luego de un arduo día de verano. La mayoría de las veces conseguía un asiento en el fondo, muy rara vez se arriesgaba a sentarse adelante. Odiaba los últimos asientos sobre el motor. Cuando bajaba del colectivo su ropa estaba empapada y pegada a cuerpo y se sentía raro al caminar, ya que parecía no tener nalgas. Sus asientos favoritos eran los últimos antes de los del fondo, porque se encontraban detrás de los de las ruedas y por ende podía estirar las piernas sin molestar al pasajero de adelante. Además nadie lo molestaba a él. También se encargaba de calcular la hora del día y la dirección del recorrido del colectivo con respecto al sol para evitarlo en días de verano, sentándose de uno u otro lado.
Ésta vez el asiento de la rueda era la mejor opción, a pesar de haber asientos más cómodos en las primeras filas. Una vez sentado, guardó el vuelto en el bolsillo derecho del pantalón y, mientras se terminaba de acomodar, miró el boleto. La suma de las cifras del número de boleto daba dieciocho. No decía nada. La hora del boleto marcaba las seis y treinta y nueve. Sumándole la hora y media de viaje, daban las ocho y nueve, lo cual, considerando que su horario de ingreso era a las ocho y veinte y que tardaría unos cinco minutos en caminar las cinco cuadras a lo largo de la Avenida Córdoba, le indicaba que llegaría a la facultad con seis minutos de anticipación, los que aprovecharía para saludar a sus compañeros y comentar lo bueno y lo malo del fin de semana.
Guardó el boleto en el mismo bolsillo en el que guardo el vuelto. Se acomodó un poco más a la izquierda. Miró por la ventana. Todavía era de noche y la niebla nublaba las luces de los faroles, dando esa sensación de humedad que le fascinaba. No sabía si colocar la mochila entre sus piernas o sobre éstas. Si la apoyaba en el suelo, pensó, la ensuciaría. La colocó entre sus piernas como ignorando sus propias conclusiones.
Solía distraerse mirando el paisaje urbano, le encantaba mirar por la ventana cuando recién empezaba a viajar en colectivo. Ahora lo aburría y algunas veces terminaba durmiéndose con la cabeza contra el vibrante vidrio. Las lomas de burro le dolían, pero seguía durmiendo.
En esta ocasión, prefirió sacar su walkman de la mochila y escuchar su cassette favorito, ya que, por única vez en el año, podía hacerlo. Si no le andaba el walkman nuevo, el viejo no tenía pilas. Si tenía pilas, no le funcionaban los auriculares. Si conseguía auriculares nuevos, no tenía un cassette para grabar su música preferida. Si conseguía cassette, no le funcionaba el grabador. Si por fin grababa su cassette y conseguía auriculares nuevos, otra vez no tenía pilas. Ésta era una ocasión especial. Debía aprovechar el momento. Disfrutaría mucho gastar las pilas nuevas en dos viajes y, al llegar a su casa, arrojaría el walkman y sus apéndices en el fondo del cajón, rindiéndose así, luego de tomarse el duro trabajo de reunir las provisiones necesarias para una corta pero agradable satisfacción.
Terminó el lado “A”. Mientras daba vuelta el cassette, levantó la mirada para observar la multitud que se apretujaba, envidiándole el asiento. Un oasis de realidad entre dos recesos mentales que eran el lado “A” y el “B”.
Frente a él se encontraba una joven muchacha de rubios cabellos y largas piernas. Se concentró tanto en observarla que colocó el cassette del lado incorrecto. Lo corrigió y siguió analizando la bella figura que decoraba su paisaje personal. Puso “play” e intentó que la música acompañara la imagen. Las estridentes guitarras y la delicada muchacha no se complementaban, pero su mente logró asimilar ambos polos a la vez.
La chica se encontraba en una posición relajada, inclinando su cuerpo sobre una sola pierna, mientras la otra descansaba cruzada. Viajar parado y cómodo no es muy fácil de lograr. Su mirada se dirigía a través de la ventana, depresiva y pensativa. Cada tanto suspiraba y cambiaba de pierna. Su mano derecha se encontraba alta, sobre su cabeza, tomando la barra de metal que empezaba en el suelo y terminaba en el techo. Su mano izquierda se encontraba baja, cerca de su cadera, sosteniendo un bolso bastante grande.
Mientras él la miraba, las ruedas giraban, las del colectivo y las del cassette. La música fluía y él no la escuchaba. Más tarde se daría cuenta y rebobinaría el cassette para comenzar de nuevo.
De repente, se dio cuenta de que la muchacha estaba cambiando de actitud. Parecía incomodada por su admirador, quién se dio cuenta de esto y desvió la mirada. Dejó que pasaran unos minutos, disfrutó de una canción cantándola en su interior, y volvió la mirada hacia la muchacha, quién seguía mirando por la ventana, pero con esa despectiva actitud que había adquirido hacía unos minutos. Él sospechaba que ella sabía que la estaba mirando, pero no estaba seguro. Por las dudas empezó a observarla de reojo y con intervalos de ventana y multitud.
En él momento en que su mente se había metido de lleno en la música y su mirada permanecía perdida en sus pensamientos, sus ojos cruzaron sin querer los de la muchacha, quién giró la cabeza de un golpe que desnucaría a cualquier desprevenido.
Él rió. Siempre en su interior. La muchacha no estaba tan incómoda como se hacía ver. Cuando el admirador existía, ella lo despreciaba. Cuando desaparecía, ella lo sentía ausente y lo buscaba con desesperación.
Otra vez le perdió el rastro a la música. Su cabeza estaba llena de alegres pensamientos, situaciones imaginarias y sueños imposibles de realizar. Cómo podría él llegar a entablar una conversación con esa muchacha, y aún después del episodio ocurrido, que quizás había sido todo obra de su imaginación. Cómo una conversación lo conduciría a toda una vida planeada. Su mente se hacía infinita y a pesar de gustarle, le hacía mal.
Sacudió su cabeza librándola de la mayoría de esos estúpidos pensamientos, y miró otra vez a la muchacha, quién ahora se había convertido en un anciano de barba y bigote. La había perdido de vista. La buscó con desesperación. La puerta del colectivo se cerró y el chofer arrancó. El cassette paró de golpe haciendo saltar la tecla “play”. El colectivo estaba cruzando la Avenida Córdoba y él no se había bajado.
Ésta vez el asiento de la rueda era la mejor opción, a pesar de haber asientos más cómodos en las primeras filas. Una vez sentado, guardó el vuelto en el bolsillo derecho del pantalón y, mientras se terminaba de acomodar, miró el boleto. La suma de las cifras del número de boleto daba dieciocho. No decía nada. La hora del boleto marcaba las seis y treinta y nueve. Sumándole la hora y media de viaje, daban las ocho y nueve, lo cual, considerando que su horario de ingreso era a las ocho y veinte y que tardaría unos cinco minutos en caminar las cinco cuadras a lo largo de la Avenida Córdoba, le indicaba que llegaría a la facultad con seis minutos de anticipación, los que aprovecharía para saludar a sus compañeros y comentar lo bueno y lo malo del fin de semana.
Guardó el boleto en el mismo bolsillo en el que guardo el vuelto. Se acomodó un poco más a la izquierda. Miró por la ventana. Todavía era de noche y la niebla nublaba las luces de los faroles, dando esa sensación de humedad que le fascinaba. No sabía si colocar la mochila entre sus piernas o sobre éstas. Si la apoyaba en el suelo, pensó, la ensuciaría. La colocó entre sus piernas como ignorando sus propias conclusiones.
Solía distraerse mirando el paisaje urbano, le encantaba mirar por la ventana cuando recién empezaba a viajar en colectivo. Ahora lo aburría y algunas veces terminaba durmiéndose con la cabeza contra el vibrante vidrio. Las lomas de burro le dolían, pero seguía durmiendo.
En esta ocasión, prefirió sacar su walkman de la mochila y escuchar su cassette favorito, ya que, por única vez en el año, podía hacerlo. Si no le andaba el walkman nuevo, el viejo no tenía pilas. Si tenía pilas, no le funcionaban los auriculares. Si conseguía auriculares nuevos, no tenía un cassette para grabar su música preferida. Si conseguía cassette, no le funcionaba el grabador. Si por fin grababa su cassette y conseguía auriculares nuevos, otra vez no tenía pilas. Ésta era una ocasión especial. Debía aprovechar el momento. Disfrutaría mucho gastar las pilas nuevas en dos viajes y, al llegar a su casa, arrojaría el walkman y sus apéndices en el fondo del cajón, rindiéndose así, luego de tomarse el duro trabajo de reunir las provisiones necesarias para una corta pero agradable satisfacción.
Terminó el lado “A”. Mientras daba vuelta el cassette, levantó la mirada para observar la multitud que se apretujaba, envidiándole el asiento. Un oasis de realidad entre dos recesos mentales que eran el lado “A” y el “B”.
Frente a él se encontraba una joven muchacha de rubios cabellos y largas piernas. Se concentró tanto en observarla que colocó el cassette del lado incorrecto. Lo corrigió y siguió analizando la bella figura que decoraba su paisaje personal. Puso “play” e intentó que la música acompañara la imagen. Las estridentes guitarras y la delicada muchacha no se complementaban, pero su mente logró asimilar ambos polos a la vez.
La chica se encontraba en una posición relajada, inclinando su cuerpo sobre una sola pierna, mientras la otra descansaba cruzada. Viajar parado y cómodo no es muy fácil de lograr. Su mirada se dirigía a través de la ventana, depresiva y pensativa. Cada tanto suspiraba y cambiaba de pierna. Su mano derecha se encontraba alta, sobre su cabeza, tomando la barra de metal que empezaba en el suelo y terminaba en el techo. Su mano izquierda se encontraba baja, cerca de su cadera, sosteniendo un bolso bastante grande.
Mientras él la miraba, las ruedas giraban, las del colectivo y las del cassette. La música fluía y él no la escuchaba. Más tarde se daría cuenta y rebobinaría el cassette para comenzar de nuevo.
De repente, se dio cuenta de que la muchacha estaba cambiando de actitud. Parecía incomodada por su admirador, quién se dio cuenta de esto y desvió la mirada. Dejó que pasaran unos minutos, disfrutó de una canción cantándola en su interior, y volvió la mirada hacia la muchacha, quién seguía mirando por la ventana, pero con esa despectiva actitud que había adquirido hacía unos minutos. Él sospechaba que ella sabía que la estaba mirando, pero no estaba seguro. Por las dudas empezó a observarla de reojo y con intervalos de ventana y multitud.
En él momento en que su mente se había metido de lleno en la música y su mirada permanecía perdida en sus pensamientos, sus ojos cruzaron sin querer los de la muchacha, quién giró la cabeza de un golpe que desnucaría a cualquier desprevenido.
Él rió. Siempre en su interior. La muchacha no estaba tan incómoda como se hacía ver. Cuando el admirador existía, ella lo despreciaba. Cuando desaparecía, ella lo sentía ausente y lo buscaba con desesperación.
Otra vez le perdió el rastro a la música. Su cabeza estaba llena de alegres pensamientos, situaciones imaginarias y sueños imposibles de realizar. Cómo podría él llegar a entablar una conversación con esa muchacha, y aún después del episodio ocurrido, que quizás había sido todo obra de su imaginación. Cómo una conversación lo conduciría a toda una vida planeada. Su mente se hacía infinita y a pesar de gustarle, le hacía mal.
Sacudió su cabeza librándola de la mayoría de esos estúpidos pensamientos, y miró otra vez a la muchacha, quién ahora se había convertido en un anciano de barba y bigote. La había perdido de vista. La buscó con desesperación. La puerta del colectivo se cerró y el chofer arrancó. El cassette paró de golpe haciendo saltar la tecla “play”. El colectivo estaba cruzando la Avenida Córdoba y él no se había bajado.
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