28 de septiembre de 2015

Eclipse

Ernesto salió del ascensor y pudo ver que ya había algunos vecinos reunidos en la calle. Esa noche la luna se teñía de rojo por unos minutos. En cuanto abrió la puerta todos ellos se voltearon para ver qué otro vecino estaba lo suficientemente al pedo como para salir a ver la luna. Ernesto, fiel a su personalidad, evitó el contacto visual y se ahorró cualquier gesto de saludo o comentario sobre el evento astronómico. Pisó la calle, se cruzó de brazos y miró al cielo achinando los ojos en un gesto sobreactuado de indiferencia a su entorno. En cuanto sintió que ya nadie lo observaba y que todo el mundo había vuelto a la hipnosis lunar, aprovechó para observar a sus vecinos y deducir de qué piso y departamento eran. Deducía porque en tres años de inquilinato nunca había puesto la voluntad suficiente como para identificarlos y mucho menos entablar relación alguna con ellos.
Además de una anciana y una niña que bailaba hablándole a la luna, Ernesto vio que el presunto padre de la niña tenía un cigarrillo sin encender entre los dedos y que la que parecía la madre tenía el mismo corte de pelo de la mujer que salía a fumar al balcón justo debajo del suyo. Mierda. Eran los del departamento de abajo. Ernesto volvió a exagerar su interés por el eclipse.

Más allá de la conversación entre la niña y la luna, reinaba cierto silencio incómodo.
- ¿Vos sos el del 4to A, no? -, escuchó Ernesto de repente, justo antes de que terminara de decidirse por volver a su casa y evitar lo que ya estaba sucediendo.
Con un pobre intento de simular cierta distracción, Ernesto bajó la mirada tranquilo y se tomó unos segundos para mirar a su vecino a los ojos, como si realmente no reconociera al sujeto que lo interpelaba.
- Sí… ¿por?
- Yo soy del 3ro A.
- Ah… ¿cómo estás?
- Bien che.
- Me alegro -, balbuceó Ernesto mientras volvía la mirada al eclipse, tratando de improvisar un interés por el fenómeno que ni la luna misma se lo creía. En su cabeza maldecía el momento en que había decidido bajar en vez de mirarlo por la tele, que por cierto tenía mucha mejor definición.
- Che, ¿te puedo pedir un favor?
- Sí decime -, contestó nervioso Ernesto sin quitar la mirada del cielo.
- ¿Podrías escuchar la música un poco más bajo?
Ernesto quedó helado. No podía creer que realmente estaba sucediendo lo que más temía. No tuvo mejor idea que mantener su mirada en la luna.
- ¡Che! -, exclamó el vecino haciendo que la anciana se sobresaltara.
- ¿Qué pasa? -, le contestó Ernesto, bajando la mirada y pasando repentinamente de la indiferencia pasiva a un fastidio casi infantil.
- ¿Me escuchás lo que te digo? Te estoy pidiendo por favor que cuando escuchás música la pongas un poco más bajo porque me retumba todo el departamento. No sé si es tu equipo de música o qué pero hay días que no puedo ni escuchar a mi mujer.
- Bueno, bueno – murmuró Ernesto tratando de terminar la conversación a toda costa y recordar qué carajos estaba haciendo ahí mirando para arriba.
- ¿Pero me entendés lo que te digo?
- ¡Sí, hombre! - explotó de repente Ernesto – ¡Ya entendí! ¿No ves que estoy mirando la luna roja? ¿Te parece momento para hablar de esto? No me dejás ni disfrutar de un fenómeno climato... astrológico, astronómico-lógico.
- Tres veces te fui a golpear la puerta y no me atendiste.
- Bueno, debía estar escuchando música. Tocá más fuerte la próxima.
- Ah, me estás boludeando.
- No, vos me estás rompiendo las bolas. Mirá, ¿sabés qué? Me voy a verlo por la tele. Me cansaste.

Ernesto entró violentamente al edificio mientras se quejaba del país, de la luna y de la puta madre que los parió a todos.

30 de julio de 2012

Mi vicio y mi abstinencia

Eso. Eso de la separatidad y… bueno. Estoy buscando. No sé, no hay momentos de fijeza. Se me va la razón y no entiendo. No me entiendo. Necesito y no necesito.

Si me quedo quieto y miro y lo siento, lo veo. Eso, eso de la separatidad. Eso de la soledad pero no tan simple como eso. Como eso de la soledad.

Es hundirme en brazos. Es arrojarme y sacarme del lomo todo eso que es la vida. Eso del día a día, de la falta de fijeza. La concentración. Pero la concentración relajada.

Ella me gusta. Sí, ella también, pero… ay. No es así. ¿Cómo es? Ya está. Será. Sigo. No hay fijeza, de nuevo. ¿Debería? Debería ser. Lo que se es y lo que se hace. Se es y se hace lo que debería. No hay sujeto. No soy yo, entonces. No debería. Soy y seré.

Qué tanto laberinto. Que si la angustia está y cuando no está, está la otra. La del no sé cómo. Y el debería. Pero, ay, la plenitud. Los ratos cortos y eternos. Y la piel, y el aliento.

Las palabras. Eso de las palabras. Las palabras como la música. La música como la esencia; y la piel, y el aliento, una envoltura.

Busco la música, pero no quiero golpear. No quiero sacudir el árbol hasta que caigan los pájaros. Quiero recostarme a la sombra a silbar. Cantar y esperar la armonía. O trepar, trepar y buscar la armonía. Y tomar vuelo.

Y la luz que me hace falta. Y el escalón que sigue. Las ideas gigantes como montañas interminables. Tan difícil dimensionar. La vanidad con las ideas, con palabras y la música, la piel y el aliento, el camino. El pájaro ornado. Lo intocable. Lo lejano.

El mundo de los escondites, donde todo lo que no se hace, se hará, no existe.

Y hasta los hermanos se desvanecen en el aire. Todo por eso de la separatidad.

Ese es mi vicio y mi abstinencia.

3 de diciembre de 2011

Escribí esto

Tomé el tenedor y lo clavé en una esquina de la mesa. Lo hice tan rápido e instintivamente que me sorprendió lo profundo que lo introduje entre las vetas de la madera. Inmediatamente me hice del bolso y de las flores que había dejado sobre la mesada. Antes de salir por la puerta de atrás pateé la pequeña alfombra de manera que se diera vuelta y se enrollara a un costado para no mancharla con los borceguíes. La sangre ya estaba coagulando y a cada pisada las suelas se adherían más y más a las lajas de la cocina.
Observé que la radio estaba encendida pero a un volumen casi imperceptible y decidí que así estaba bien. Abrí la puerta y corrí hacia el fondo del terreno, salté el tapial, corrí a gachas a lo largo del parque del vecino y a través del pasillo que se abría entre la casa y la medianera. Antes de salir a la calle arrojé una flor al pie de la puerta del frente de la casa, me acomodé el bolso cruzado y abrí la pequeña valla de madera pintada de blanco procurando no hacer mucho ruido ni actuar de manera sospechosa.
Ya estaba afuera. Se me apeteció un cigarrillo. Puse el ramo bajo mi brazo izquierdo y me encendí uno con paciencia. La tarde era bastante calurosa y el sol me hacía arder la frente. Terminé mi cigarrillo ahí, apoyado contra la verja, esperando que apareciera alguien. Nadie parecía tener el coraje de ahorrarse la siesta del domingo. Los árboles no se movían. La única vida en constante glorificación eran las chicharras de verano.
Crucé la calle y me senté sobre el cordón. Sentía el bolso pesado y lo abrí para ver qué llevaba. Dos libros escritos en alemán y un anotador muy viejo, destartalado, pero completamente en blanco. Los arrojé a la zanja. Busqué en el fondo y encontré una llave de bronce suelta. La sostuve con los dientes para poder utilizar las dos manos cuando vi que en el fondo del bolso se escondía una caja de madera bastante pesada. La inspeccioné y parecía estar cerrada con llave. Probé la que había encontrado pero ni siquiera coincidía en tamaño. Era una llave de la puerta de una casa, no de una caja de madera. La guardé en un bolsillo, me paré y arrojé con violencia la caja sobre el frente de la casa que estaba a mis espaldas. Se partió en mil pedazos y entre ellos descubrí una pequeña llave de plata. Busqué la cerradura de la caja destruida y comprobé que esa sí era la llave correcta.
Sin más, crucé la calle y salté la valla pintada de blanco, mirando alrededor que no hubiera nadie. Levanté la flor que había dejado y abrí la puerta con la llave de bronce. Prendí la luz, cerré la puerta y apoyé la llave sobre una pequeña mesa decorada con un florero vacío, donde introduje la flor.
Me deshice de mi saco y me senté en el sofá cama. Hice silencio por un momento para oír el reloj de la cocina. Me quité los borceguíes y las medias, los arrojé sobre la alfombra de piel y me recosté. Dormí por tres o cuatro horas.

Me despertó el timbre. Era un timbre antiguo, de aquellos que suenan a dos campanadas bien fuertes y espaciadas. Me puse los borceguíes lo más rápido que pude. Olvidé ponerme las medias primero, por lo que decidí hacerlas un bollo e introducirlas en el florero de la mesita de la entrada. Tuve que cortarle el tallo a la flor para que entrara. Los restos me los guardé en el bolsillo. Al dar el primer paso noté que mis zapatos hacían mucho ruido al adherirse las suelas ensangrentadas al piso de madera, por lo que intenté limpiarlas lo más rápido posible sobre la alfombra de piel. Funcionó. El timbre sonó de nuevo. Me dirigí a gachas hacia el baño.
Entré sin hacer mucho ruido y abrí la ducha y llaves de agua a la vista. Me miré al espejo porque no me podía ignorar. Estaba bastante sudado, me ardía la piel de la cabeza rasurada y tenía un corte por encima de la ceja izquierda que no había notado antes. Me lavé la cara y me la sequé con la toalla, que introduje como pude en uno de mis bolsillos. Salí del baño y oí el timbre sonar dos veces más. Noté que la puerta de la habitación estaba arrimada y la abrí para espiar. Había dos camas individuales ubicadas paralelamente y en cada una yacía una niña. La del fondo estaba despierta y sentada. Me observó un momento y me pidió un vaso de agua. Le dije que alguien llamaba a la puerta y sólo me sonrió. Arrimé de nuevo la puerta de la habitación y corrí hacia la cocina. Llené un vaso con agua de la canilla hasta el tope y caminé con cuidado de no volcarla. Al entrar a la habitación noté que la niña se había vuelto a recostar. Le dejé el vaso en la mesa de luz porque dormía profundamente. La otra niña estaba ahora despierta y me observaba con detenimiento. Su rostro parecía pálido y tenía el pelo del flequillo pegado a la frente por el sudor. Tosió y me pidió un vaso de agua. Le sonreí y arrastré sutilmente con dos dedos el vaso que había apoyado del otro lado de la mesa de luz. Ambos echamos una carcajada y nos tapamos la boca al notar que habíamos perturbado el ambiente. Reímos un poco más en silencio y ella se volteó con un gesto de cansancio. Miré por las hendijas de la persiana y noté que el sol ya bajaba. Abandoné la habitación, tomé mi saco, las medias y la flor con una mano. Con la otra abrí la puerta con la llave.

Ya estaba oscuro, por lo que caminé tranquilo a lo largo del parque y salté el tapial con paciencia, procurando no lastimarme. Caminé hasta la casa y entré en silencio. Cerré la puerta una vez adentro y acomodé la alfombra con la punta de un pie. Colgué el saco de una silla, apoyé la llave, la flor, la toalla y los tallos sobre la mesa y las medias las arrojé al lavabo. Me senté y encendí un cigarrillo. Me dolían los pies y me ardía la cara. Arranqué el tenedor de la mesa y lo guardé en el cajón de los cubiertos, estirándome como pude para alcanzarlo desde la silla. Había olvidado el ramo de flores en la calle. Tomé la única que me había quedado, con el tallo corto, llené un vaso con agua y la introduje en él. La saqué, la sacudí, me tomé el agua, llené el vaso de nuevo e introduje la flor en él otra vez. Ubiqué el florero improvisado en el centro de la mesa y fui a apagar la radio. Me acerqué a la ventana y dejé que la luna me encandilara por unos minutos. Me senté en el piso con cuidado, ayudándome con la silla que estaba arrimada a la mesada, a la que había intentado subir para alcanzar el aparador y de la que había resbalado infantilmente. Me recosté sobre las lajas frías y ensangrentadas. Dormí unas ocho o nueve horas.

Desperté con el cantar de las chicharras y la sangre fresca que bajaba de mi frente hasta mi oreja. Me senté. El día estaba radiante y hacía calor. Tenía hambre y recordé que quedaba una lata de arvejas en el aparador. Supe que esperaba a alguien pero no a quién. Me erguí y busqué mi viejo anotador y una lapicera. Escribí esto.

7 de agosto de 2011

Franja blanca, franja negra

Todas ellas lucían un solero a rayas horizontales blancas y negras. Todas. Incluso una de ellas, la que mejor recuerdo, se recostó a mi lado y pude ver que no sólo su vestido era blanco y negro. Ella misma era un dibujo que nunca había sido coloreado. Su cabello era lacio y negro como la tinta china, y un flequillo muy prolijo le enmarcaba el rostro, pálido como el papel, donde se dibujaban en un par de pinceladas muy delicadas dos ojos redondos y oscuros, dos orificios nasales bastante simétricos, y la boca, sutil pero con el protagonismo de las palabras que dejaba escapar.
“Te quiero”, dijo, como si oyera los garabatos de mi conciencia. La hice hablar como al espejo.
“Yo también”, le contesté, fiel a un guión universal. Posé mi mano sobre sus caderas y ella la tomó suavemente, guiándola cuesta abajo sobre sus muslos, fríos y suaves. La conocía de toda mi vida y no tenía idea de quién era. Realmente la quería sin siquiera saber su nombre.
No era Martina, pero era Martina, detrás de los bastidores, corriendo de aquí para allá, salpicando mi conciencia con su tinta filosa, escapando a mis brazos una y otra vez. ¿Cómo empujarla con los mismos brazos que la estrecharon? Sus muñecas, sus monigotes, sus títeres de papel, vestidos todos con su propio atuendo a rayas blancas y negras, como si no me diera cuenta.
¿Por qué no te vas si quisiste irte? No quiero tus hermosas muñecas. Te quiero a vos y quiero que te vayas. Tus rayas blancas y negras. Caigo a través de tu vestido y no llego nunca al suelo.
Franja blanca. Te extraño, te necesito, te quiero. Puedo darte todo, sos todo lo que quiero, podemos entendernos, sé que podemos estar juntos.
Franja negra. Ya basta. Ya nada es lo mismo. Abriste una herida que no cierra si no te vas. Quizás nunca fuiste lo que pensé, lo que pienso.
Franja blanca, otra vez. ¿Cuándo termina este maldito vestido? ¿Cuándo llego a tus piernas y las dejo atrás para estrellar mi cabeza contra el suelo? Quiero manchar tu otra zapatilla.
Desearía haberte visto con un vestido completamente negro. Todo sería más fácil.

Cuando desperté sabía todo esto. Sabía que eras vos, otra vez.
Cuántas cosas puedo llegar a ignorar por vos. Incluso la persona que me mostraste antes de que dejara tu departamento por última vez. Esa persona que tiene la vida completa. Una vida en la que no entra alguien como yo, con tantas exigencias, tantas complicaciones, tanto para trabajar. Esa persona que no se permite necesitar a nadie. Esa mujer tan humana, tan miedosa, tan egoísta y ciega. Esa bailarina de los cuchillos, con tanto control sobre sus navajas como miopes son sus enormes ojos. Nunca quisiste recuperar tus anteojos. Nunca pudiste verme a través de tus lentes correctivos.

Vamos. Que cuando desperté también sabía que ya no sos la misma. No sos, o nunca fuiste, la Martina de la que me enamoré. Sé que está ahí, pero hay mucho más dentro tuyo que ya rompió la ilusión. Y ese es el dolor más agudo. El de la ilusión rota y todas las astillas atravesándome en el alma.

Y aun así, necesito que me abraces.

31 de enero de 2011

Dimes y diretes

Dicen por ahí algo que me cuesta creer. Me da gracia, en verdad. No temo pecar de ingenuo, no. Simplemente me cuesta creerlo. Aunque quisiera y lo intentara realmente. Bueno, es más bien una cuestión de mantenerse precavido. Quién sabe qué cosas puede uno llegar a escuchar a lo largo de su vida. De tantas palabras, muy pocas parecieran ser siquiera acertadas. Ni las de uno mismo. Tantas cosas he dicho que ya no comparto. Tantas vergüenzas pasadas. He llegado a sonrojarme en soledad, acostado en mi cama, con la luz apagada ya, repasando las conversaciones del día. Qué manera de hablar al pedo. Si pudiera acaso taparme la boca a tiempo no tendría esas ansias tan fuertes de golpearme en la mandíbula día por medio. Es claro que uno no siempre lleva las riendas de su propia conciencia. Menos aun de su propio lenguaje. Maldito lenguaje. Qué más da. Las reglas del juego.
Cerré la puerta trasera del taxi y dibujando una sonrisa levanté la mano para saludar a Martina, que se alejaba y me tiraba un beso a través de la luneta. Tantas cosas comenzaban a pasar por mi cabeza que no tuve tiempo para que se me ocurriera devolverle ese beso. La puta madre, que manera de derrochar besos. Cuánto lo voy a lamentar cuando Martina ya no vuelva a golpearme la puerta. Más aun cuando pase por su puerta y sepa que no soy capaz de romper con las promesas y llamarla para darle un beso desubicado, de esos que nadie quiere pero que saben tan bien y... la puta madre, otra vez, tres semanas de arduo olvidar tiradas a la basura, y otra vez a sentirme como un degenerado forzando la situación. No sé jugar al juego.
Dicen por ahí, me dijo, y miró a un costado, sonriente. ¿Qué es eso? Nunca la había visto mirar a un costado de esa manera. ¿De qué carajo me habla? Nada, la miré con mi cara de pelotudo enamorado. Ya no puedo manejar mi cuerpo, ya ni siquiera sé si es mío. Nada de lo que mi conciencia dicta es correctamente reflejado por mi personaje en escena. Bueno, por lo menos ella estaba más feliz que nunca. Brillaba como la luna. Se fue y yo con la mano al lado de mi cara de pelmazo. Y la otra mano en el bolsillo, cerrada en un puño, apretando y sudando. Qué desastre de persona.
Era sábado a la noche y la dejé ir con sus amigas. No le pregunté nada. Ah, sí. Empecé a practicar mi nuevo personaje. Al que no le importa lo que me vuelve loco. Hace tanto que no pasaba un sábado solo. Un sábado sin ella. Llegué a mi departamento, tiré todo, inclusive mi personaje, sobre el sillón. Me estiré frente al ventanal. Dicen por ahí, dije en voz alta. No puede ser. Le dije "te amo". Pero, ¿por qué lo de “dicen por ahí”? ¿De dónde salió eso? No podía entender cómo ella se rió y lo repitió como la mejor broma que le hubieran contado en años. Era la más grande incongruencia que había osado decirle desde que la conocí. Espero el taxista no lo haya escuchado. Debería si no estar buscándome para atropellarme con su Peugeot. Yo lo habría hecho.
Cómo me reí. Solo, estaba solo y reí a carcajadas. Grité y me tiré al suelo. Tenía la piel de gallina y me rascaba para calmar el cosquilleo. El cuello lo tenía rígido y temblaba. Me arrodillé y hundí la cabeza entre los dos almohadones del sillón y grité una vez más. Cuando levanté la cabeza, había dejado una mancha de saliva que intenté sin mucho esfuerzo secar con una mano. Con esa mano me ayude a levantarme. Fui al baño y me lavé las dos. Ya todo había pasado.
Golpeó la puerta. Sí, golpeó la puerta. Se bajó del taxi, le pagó, no le importó nada. Corrió con tacos. Está loca, podría haberle dicho al tipo que diera la vuelta. No, se bajó y corrió con tacos. Quiso tener el control de la situación. Yo hubiera hecho lo mismo. Golpeó la puerta y yo sabía que me había olvidado algo, pero no como para que ella volviera. Ella se había olvidado algo. Qué pelotudo. Ya no había tiempo, tenía que ensayar una ofensa. Qué increíble, tanto tiempo ensayando disimular tantas ofensas y ahora tenía que inventar una.
Imposible mantener una cara de orto tan improvisada, tan poco ensayada. Encima estaba parada ahí con los zapatos en la mano. Como si yo la inventara. Me reí, no pude. Me dio un beso. Dicen por ahí me dijo.

11 de enero de 2011

Improbable

Escasean hechos tan infantilmente placenteros como mirar a una mujer a los ojos a través de la hendija efímera de un colectivo en movimiento, platónica masturbación que en los rincones de la conciencia replegada suspende en la atemporalidad el calor de la daga que se hunde en el sobaco del flanco segundo, en manos finas de la dama holograma, empapada de colores en ebullición, nacida del movimiento, floreciente en la perpetua posibilidad de sí en la sinrazón de la razón del yo-universo.

¡Qué sabré del amor si lo siento a cada momento! ¡Qué sabré de las mujeres si soy hombre enamorado del abismo de mi tragedia sexual, de la nada que me piensa, que me siente, que me existe!

Con la nada obsesionado no encontraré mi todo complementado.

26 de septiembre de 2010

De cobayos y ratas

Las últimas luces de la casa se apagaron y los ojos del cobayo manchado quedaron perdidos en la oscuridad, brillando con la luz de la luna que entraba por entre las cortinas. El cobayo pardo ya se había acomodado en un rincón y miraba a su compañero parado con el hocico contra la rejilla de la jaula.
- ¿Qué esperás? -preguntó el viejo de pelaje oscuro con un tono algo escéptico de entrada.
- Que vengan -respondió el otro automáticamente.
El viejo se dio cuenta a tiempo de que cualquier otra pregunta que pudiera hacer al respecto podría desencadenar una discusión de la que ya había participado lo suficiente como para volver a ahondar en ciertos temas. Una risa irónica y un suspiro bastaban para señalar la abstención. Cerró los ojos y se dispuso a soñar con un buen trozo de manzana por la mañana.
El cobayo manchado permanecía en su vigilia, calmo y alerta. Movió sus patitas y se acomodó entre las virutas. La casa ya estaba casi dormida. Justo en el momento en el que volteaba su cabeza para asegurarse de que el viejo dormía, oyó el sonido.
Un pequeño ratón de color gris asomaba su nariz por un pequeño orificio en el zócalo, cerca de la puerta que daba al parque. Con pequeños movimientos cortos y rápidos fue ingresando todo su cuerpo a la habitación. Con la cola dentro del orificio aun, se quedó unos segundos quieto analizando el aire con su olfato. El cobayo manchado estiraba su cuello agarrado de la reja de la jaula con sus patas delanteras. Lo había estado observando muy detenidamente desde que lo oyó entrar.
De repente, el ratón se disparó a alta velocidad a lo largo de la cocina, pegado contra el zócalo para no ser visto y no perder la noción de las dimensiones. El cobayo lo vigilaba desde lo alto del aparador intentando no perderlo de vista en la oscuridad. Al llegar a una esquina, el ratón se tomó un tiempo para volver a olfatear el lugar y luego corrió directo hacia la falseada puerta que pretendía salvaguardar la basura de intrusos como aquel. Con mucho esfuerzo, el ratoncito pudo empujar la puerta y entrar al cubículo donde lo esperaba su hediondo festín. Por un momento, sólo se podía observar la cola del ratón asomándose por debajo de la puerta entreabierta. El cobayo seguía espiando al pequeño ladrón con ansias de ver qué lograba sacar de los restos de comida guardados tras aquella puerta.
Una luz en el pasillo se encendió y el cobayo quedó enceguecido por un momento. Desesperado, trató de alarmar al ratón desde allí arriba. Lo primero que se lo ocurrió fue arrojar viruta al suelo, a través de la reja, pero no fue demasiado el ruido que pudo lograr por lo que, sin más, se subió a la rueda y comenzó a correr lo más rápido que pudo.
- ¿Qué carajo hacés? -le gritó el cobayo viejo, pero el manchado no le prestó atención. Seguía corriendo con el cuello estirado, esperando ver al ratón saliendo por la puerta de la basura. La luz de la cocina se encendió e inmediatamente vio una bola gris disparada a gran velocidad a través de la cocina, en una línea recta hacia el orificio en el zócalo cerca de la puerta. El ratón desesperado atravesó el conducto con dificultad y desapareció.
La Niña se paró frente a la jaula observando perpleja cómo el cobayo de manchas corría en la ruedita como nunca antes lo había hecho. El viejo dormía como siempre. La Niña sonrío y golpeó la jaula con un dedo. El cobayo joven, confundido, aumentó la velocidad. La Niña parecía ahora enojada y de un golpe en el techo de la jaula con la palma de la mano hizo detener al cobayo que olfateó el aire unos segundos y corrió directo a una esquina, se acurrucó y cerró los ojos. Las luces de la casa volvieron a apagarse.

- ¿Y ahora por qué no comés? -preguntó el cobayo pardo al otro mientras mordisqueaba desesperado su pedazo de manzana verde.
El cobayo manchado, tirado contra la reja lejos de su trozo de fruta, se miraba las patas traseras mientras las movía como si pedaleara.
- No tengo hambre -balbuceó.
El viejo le echó otra de sus ya conocidas miradas escépticas.
- ¿Por qué no te dejás de joder?
- Porque estoy harto de estar acá adentro, comiendo y haciendo nada, mirando todo a través de la reja.
- Así es la vida, acostumbrate.
- No, no me quiero acostumbrar. ¿Vos viste al ratón gris de anoche?
- ¡Yo sabía! -comenzó a reír el viejo- ¿Qué tenés con las ratas?
- ¡Que se la viven jugando para comer! -gritó indignado el cobayo manchado- No es que quisiera que vivan encerradas como nosotros, pero acá la comida nos la sirven como a duques y a ellos los envenenan o los desnucan por comerse la basura. ¡La basura! ¡La que tiran todos los días porque no la quieren!
- ¡Y si son ratas! ¿No las ves? ¡Son - ra - tas!
- ¿Y nosotros qué somos?
- Cobayos, claramente.
- ¿Y cuál es la diferencia?
El viejo lo miró con los ojos abiertos, sin entender una sola palabra de lo que el otro le preguntaba.
- Basta – dijo, determinante-, acá se queda. Evidentemente estás muy pelotudo.
- Como vos digas – se resignó irónicamente el joven.
El silencio se adueñó de la jaula por el resto del día y el trozo de manzana verde del cobayo manchado se oxidó lentamente con el aire de primavera que entraba por los ventanales de la cocina y hacía flamear como banderas las cortinas con motivos gastronómicos.

Llegaba una noche más de esas en las que los seres humanos suelen dejar los ventanales abiertos para que entre el viento fresco y se lleve el calor del día que quedó atrapado en la casa. Esta vez el viento no era demasiado fuerte pero circulaba suavemente.
El orificio en el zócalo ya había sido bloqueado por un taco de madera y algunas hojas de diario viejo. El ratón se disponía ahora, en la base de uno de los ventanales, a masticar con paciencia el mosquitero de plástico verde. El cobayo manchado lo observaba fascinado.
Una vez dentro, el ratón saltó del ventanal a la mesada y comenzó a inspeccionar el lugar con su bigotudo hocico. El cobayo se paró detrás del trozo de manzana verde oxidado y lo empujó con esmero hasta el frente de la jaula. Era una rebanada bastante fina, por lo que la ubicó de manera que pudiera hacerla pasar por entre dos de las barras del enrejado. Se asomó sobre la media rodaja y vio que el ratón ya no estaba. Supuso que había entrado una vez más al basurero, entonces esperó.
Esta vez el ratón tuvo su tiempo para revisar la basura y salir tranquilo. Antes de que comenzara a buscar su salida, el cobayo le llamó la atención con un breve chillido. El ratón se quedó congelado. Al segundo chillido comenzó a olfatear el aire y finalmente divisó la jaula en lo alto del aparador. Parecía desconfiado, no sabía qué era lo que le llamaba la atención con ese sonido.
Entusiasmado por el éxito, el cobayo comenzó a empujar el trozo de manzana a través de los barrotes. Eran algo más estrechos y rallaron la manzana quitándole un poco de agua, que goteó sobre el suelo llamando más aun la atención del ratón. Al caer definitivamente la rebanada al suelo, el ratón salió disparado hacia ella y la masticó hasta deglutirla en unos segundos. El cobayo trataba de verlo desde la altura como podía, desde una perspectiva demasiado vertical. El ratón se relamió y se limpió los bigotes antes de echar una última mirada a la jaula. Confundido, corrió hacia la mesada, subiendo por una silla cercana y saltando luego al ventanal. Antes de escapar, se volteó para mirar una vez más y observó a lo lejos dos ojos brillando en la oscuridad.

- ¿Anoche te agarró el hambre? –preguntó el cobayo pardo al manchado que asintió levemente mientras comía con desesperación un nuevo trozo de manzana.
- Y ahora no podés parar – agregó.
El otro sonrió sin dejar de masticar la fruta.
- Estuve pensando en lo que dijiste ayer – comentó tímidamente el viejo-. Hijo, la vida hay que aprovecharla. Si acá nos encontramos, por algo debe ser. No podemos rechazar lo que se nos da.
El joven no soltó la manzana ni respondió a ninguna de las palabras del viejo, que lo miraba con impotencia. Resignado, dio media vuelta y volvió a recostarse en su esquina.
No tardó en llegar la noche y el cobayo manchado ya tenía preparado un trozo de manzana que guardó bajo algunas virutas especialmente para volver a tomar contacto con la rata. Bloqueados el orificio del zócalo y cerrados los ventanales de la cocina, no había forma de que algún roedor pudiera ingresar a la casa y el cobayo se dio cuenta de que no había reparado en eso, por lo que pasó la noche en vela, comiéndose de a poco el resto de la manzana y durmiéndose a la hora en la que el sol comenzaba a asomar entre las cortinas.

Una noche más llegó como todas y ambos cobayos se encontraban en sus respectivas esquinas. El viejo ya dormía y el joven esperaba pacientemente a que sus párpados cayeran y ya no quedara otra opción que hundirse en el sueño.
La jaula comenzaba a ceder ante las manos que metían sus dedos entre los barrotes, tratando de alcanzar al cobayo que buscaba desesperado una salida. El ruido de los barrotes doblándose y quebrándose eran terroríficos y entre risas y gritos de humanos se escuchaba un agudo chillido que el pequeño animal no podía identificar. De repente, la base de la jaula se abría y el cobayo caía sobre una canasta repleta de manzanas y ratas que lo esperan con la boca abierta. El chillido agudo se multiplicaba y el cobayo despertó de golpe. La casa dormía en silencio. El joven trató de asimilar la pesadilla y antes de que sus rápidas pulsaciones volvieran a estabilizarse, un lejano chillido lo sorprendió otra vez. Esta vez era real y venía de afuera de la jaula.
Desesperado, el joven roedor corrió hasta un extremo de la jaula y trató de mirar hacia abajo con un solo ojo. Allí estaba el ratón gris, en la base del aparador, erguido sobre sus patas traseras mientras olfateaba el aire.
- ¿Tienen algo? – preguntó el pequeño carroñero apenas vio unos bigotes asomarse.
- ¿Qué? – preguntó el cobayo confundido aun por la pesadilla.
- Si tienen algo, no tengo mucho tiempo.
El de la jaula se volteó y vio que no había restos de comida en ella. Hacía varios días ya que había abandonado su austera campaña de caridad.
- No, no tengo nada –le contestó apresurado-. Puedo decirte dónde hay. La heladera está repleta.
El ratón se quedó unos segundos olfateando el aire, se apoyó en sus patas delanteras y se perdió por debajo de la mesa.
- ¡Esperá! ¿A dónde vas? -exclamó el cobayo tratando de no despertar al viejo- La heladera es para el otro lado –explicó.
Unos segundos después, vio al ratón subir velozmente por la pata de una silla y pararse sobre el respaldo.
- ¿Pensás que no sé dónde está la comida? ¿Pensás que somos boludas? ¿Cómo carajo querés que abra una heladera? Soy una rata, pelotudo ¿Cuánto pensás que mido?
-No, perdoname –fue lo único que se le ocurrió  decir. La vergüenza que sentía lo ahogaba.
- Vos las tenés todas allá arriba. ¿Te pensás que es fácil? Vení, bajá y ponete a buscar algo para comer, vas a ver lo jodido que son las cosas acá abajo.
El cobayo calló. El ratón lo miró decepcionado, bajó de la silla y lo miró una vez más desde el suelo.
- Podés tirarme un pedazo de manzana cada tanto, pero desde allá arriba nunca vas a cambiar las cosas –sentenció antes de abandonar la habitación por el orificio que había vuelto a abrir carcomiendo el taco de madera.

- ¿Otra vez sin hambre? –preguntó el cobayo viejo que ya veía frustrados sus intentos por comprender a su compañero de jaula.
- Sí –respondió seco el otro.
El cobayo pardo ya estaba viejo y ahora lo único que le importaba realmente era su pedazo de manzana diario y su colchón de virutas hasta el día que no volviera a despertar. Por eso simplemente calló.
Afuera llovía a cántaros y el cobayo joven intentaba tenazmente vencer uno de los barrotes de la jaula y doblarlo para abrir un orificio lo suficientemente grande como para escapar por allí. El viejo dormía cada vez más profundamente. Ni los destellos ni los truenos afuera lograban despertarlo.
El cobayo joven se entusiasmó al ver que uno de los barrotes cedía levemente y ya se disponía a doblar el segundo cuando observó a lo lejos, en el suelo de la cocina, una pequeña bola negra deslizándose lentamente a lo largo del zócalo bajo los ventanales. El ratón, empapado de agua, se dirigía sigilosamente hacia la parte de atrás de la heladera, por donde generalmente lograba trepar hasta la mesada.
El cobayo manchado duplicó sus fuerzas y desesperadamente trató de vencer el segundo barrote para poder bajar al tan ansiado encuentro con la rata cuando un estallido seco retumbó en toda la cocina. El cobayo se quedó paralizado por el ruido.
Una luz se encendió en el pasillo y el joven volvió desesperadamente a su rincón. Inmediatamente se encendió la luz de la cocina y La Mujer caminó directo a la heladera. Se asomó por detrás de ésta y dio un alarido que sobresaltó a ambos cobayos. El viejo lo miró al joven, confundido. El cobayo manchado le devolvió la misma mirada. El Hombre entró a la cocina y apartó a La Mujer de su camino. Corrió con todas sus fuerzas rápidamente la heladera y tomó una bolsa. El cobayo pardo caminó hacia el frente de la jaula y pudo observar cómo El Hombre introducía en la bolsa una rata desnucada por su trampa. El viejo sonrió y miró a su compañero. El joven tenía la mirada perdida y temblaba del terror.
En un instante todo volvió a la normalidad. La casa quedó en silencio y sólo se escuchaba la lluvia cayendo sobre el techo. El cobayo joven ya no temblaba. Desde la distancia, acurrucado en su tibio rincón, miraba con los ojos completamente abiertos los dos barrotes de metal doblados.

3 de junio de 2010

He visto sus ojos

Acusábanme de abusar de mi autoridad moral, de imponer un discurso de una manera aparentemente fascista, de elevar demasiado el nivel de trascendencia de los tópicos de conversación, con tonos casi agresivos, violentos, y hasta de desconocer y nunca considerar apropiadamente la situación intelectual de mis interlocutores...

Y ahora veo que todo ese fervor que yo no pude controlar al escuchar falacias e impunes discursos contra las minorías y los excluídos, es el mismo al que ellos dan rienda desde sus más íntimos pensamientos, desde sus más profundas convicciones y desde sus mismísmas entrañas, exponiendo el rojo color del fuego ardiente de su sangre concentrándose en las cumbres de sus rostros, de la frente hasta el cuello (y más allá, quizás), elevando la voz de manera casi intimidante, pero con el escalofriante objetivo de demostrar a toda costa el ODIO hacia la sociedad de la que forman parte pero a la que no parecen (querer) reconocer su propia pertenencia, a la que saben observar despectivamente desde un trono en lo alto del Monte Olimpo, desde donde descargan sus vómitos, inundando así este valle de ignorancia, locura, incompetencia y egoísmo, ahogando a los culpables de su injustísimo pesar, condenándolos a la muerte y al eterno suplicio infernal.

Yo lo he visto.

He visto sus ojos.

27 de mayo de 2010

Click

Hace ya un tiempo que vengo hablando y escuchando hablar en el círculo íntimo, entre hermanos de cabeza, corazón y mano (más bien puño), esa palabra tan breve y concisa como ambigua.
Click.
“Pasa que vos tuviste un ‘click’”.
“Hubo un momento en nuestras vidas que nos hizo un ‘click’”.
Muy bien. Mi cabeza hizo “click”. Se supone que esa onomatopeya responde a una apertura craneal, metafóricamente hablando, a una revolución intelectual, una grieta que se abrió y dio paso a una infinita cantidad de información que tiró abajo lo viejo y alzó la bandera de la verdad, aun la de aquella que niega su propia existencia.
¿Cómo entender ese “click”? ¿De qué manera lo experimenté y bajo qué argumentos?
“Tu cabeza te hizo ‘click’” y todas sus variantes no me dejan de resultar argumentos demasiado pretenciosos. Yo mismo los utilizo, no me queda otra. Todo el mundo parece entender cuando se habla de un “click”, pero es precisamente por eso que descubro que esa pequeña palabra no funciona correctamente.
Click.
¿Qué significa realmente que la cabeza nos haga “click”? ¿A todos los que lo vivimos, nos hace el mismo “click”? ¿Es ese “click” algo concreto? ¿Hay uno y sólo un “click”? ¿Cómo puede una persona que no entiende lo que yo entiendo y cómo yo lo entiendo, entender que me hizo “click” la cabeza? ¿Cómo puede acaso esa misma persona, por sus propios medios, diagnosticarme un “click a nivel cerebral”? Digo: ¿no le da ni un poquito de intriga o curiosidad por saber qué se siente experimentar ese “click”? ¿O es que hablamos de diferentes “clicks”?
Suelo caer en la conclusión rápida de que el hecho-click es para algunos una representación de algo que unos pocos creemos que nos sucede y el resto del planeta nos sigue la corriente, como a los locos, simplemente para no discrepar. De todas formas, no me disgusta ser tomado por loco.
Click.
¿Qué hay más allá del “click”? Mucho, desde luego. El problema es que ya no recuerdo cuándo fue el “click”. Más bien creo que ahora es el “click” y que, de ahora en adelante, no podré escapar de ninguna manera a ese “click”. Pero, entonces, ¿no es “click” una onomatopeya algo escasa?
“Clicks” hago muchos durante el día; mi vida está dedicada mayormente a manejarme mediante “clicks”. Quien inventó el mouse condicionó mi vida. Pero todos esos “clicks” a los que difícilmente algún día logre escapar, de ninguna manera forman un gran “click” eterno. De hecho son “clicks”. La palabra, el sonido lo dice. Representa algo espontáneo, puntual, específico, que no se perpetúa en el tiempo, precisamente.
Click.
Si bien puedo pasarme la vida buscando una palabra que represente mejor mi condición, el problema más grave, creo, radica en la cuestión del anhelo por la diferenciación.
Es claro que algo cambió en mí. Es claro que no soy el mismo de antes. Está claro que ya no pertenezco al sector de la sociedad que, sumergido en la rutinaria cotidianeidad, se suele definir como “ultra-alienado”. Ahora bien: ¿cuáles son las razones por las cuales una persona como yo puede autoproclamarse “desalienada”? ¿De qué manera puedo yo asegurarme de que la experiencia que he vivido estos últimos años me relaciona con una minoría y me diferencia de una mayoría? ¿Qué pruebas tengo yo de que realmente soy diferente a otras personas cuya vida transcurrió y transcurre bajo las mismas condiciones que determinaron y determinan la mía? Así como me pregunto si quien me diagnostica un “click” desde una posición ajena a la experiencia en cuestión, realmente entiende de qué se trata ese “click” y si no lo llena de curiosidad por no haberlo vivido, me pregunto también si yo mismo debo realmente considerar que esa persona es completamente ajena y que las posibilidades de que su cabeza haga ese “click” distan demasiado de las mías como para hablarle de igual a igual.
Click.
Pensar que soy yo alguien especial, con una experiencia intelectual diferente a la de los demás y partir de ese punto para relacionarme con las personas que me rodean, me resulta una actitud de extrema subestimación a la naturaleza y a la capacidad del intelecto del otro. Si para discutir sobre ciertas cuestiones, debo yo primero considerarme alguien diferente y en dicho caso, superior al resto de los interlocutores, creo que muy difícilmente lograré sostener dicha discusión de una manera horizontal y, por ende, ni yo ni quienes participen del debate lograremos enriquecer nuestro conocimiento. En otras palabras, me quedaría solo.
Click.
En conclusión, se me dificulta encontrar una mejor manera de expresarme que la de decir sin vueltas los que pienso, así eso implique, supuestamente, una exigencia intelectual especial para algunos, para que logren entenderme o por lo menos para que no se sientan intimidados por mi lógica aparentemente extraordinaria.
Click.

18 de abril de 2010

Sobre pretenciones

¿Cuál es la diferencia entre ser aquello que uno era, que uno se dispone día a día a dejar de ser y con lo que uno está cada vez más en desacuerdo, y esto que uno pretende ser, que uno intenta constantemente demostrar que es, hasta el último detalle, corrigiéndose una y otra vez, convenciéndose a la fuerza de que uno ya lo es desde el momento en que deja de ser aquello primero?
Descubro que el yo que veo mal es tan explícito y avergonzante como difuso, ambiguo y engañoso es el yo que veo bien. No sé qué soy en este momento, no puedo determinar cómo ser ni cómo cambiar lo que me hace la persona que no quiero ser. Pretendo dejar de ser algo con sólo negarlo y ser otro con sólo afirmarlo. Pero me doy cuenta que el pretender ser algo nuevo con sólo afirmarlo, determina que hay algo en mí a cambiar que no estoy viendo, y es el aspecto autoritario, caprichoso y engañoso que me obliga a creer que soy algo cuando realmente no lo soy.
Descubro también en mí la vanidad al querer ser una más entre todas las personas. Esa contradicción me lleva a replantearme mis más profundos deseos, sueños y utopías. ¿Cuán lejos podré ir y cuán exitoso podre llegar a ser en la búsqueda de mis principales objetivos, si se encuentran éstos agraviados por un objetivo tramposo, subyacente e invisible que no logro asumir ni neutralizar? Quizás deba primero abandonar la mayor parte de esos objetivos para replantearme quién soy, qué soy y qué es lo que quiero ser.
Accionar libre e independientemente contra el sistema que nos oprime, junto a compañeros que apuntan hacia un objetivo similar, cuando es entre nosotros que descubrimos, al vernos reflejados, una inmaudrez, una indeterminada e inconclusa introspección, y una más que evidente vanidad, propia de cualquier sujeto conciente de sus ambiciones, creo que nos obliga a detener nuestro paso, calmar nuestras ansias, y sentarnos a escuchar lo que nos dice nuestra propia mente.
Creo que es necesario también tener en cuenta la inminencia con la que se presenta la frustración. Descubro en mí que ninguna de mis convicciones está del todo determinada como tal, y que en este mundo hay miles de millones de personas, de la cuales yo soy sólo una. Una en miles de millones.
Planteo, pues, por el momento, reducir la lucha a buscar ser lo que uno pretender ser y no buscar hacer del mundo lo que uno pretende que el mundo sea.

16 de abril de 2010

Conclusiones sobre La Náusea

Acabo de terminar de leer La Náusea, de Jean Paul Sartre. Fue la última vez que lo terminé de leer por primera vez. Hubiera querido que fuese mejor, por ser la última vez. Pero no, fue un final leído a los apurones sobre un colectivo, con un envión de emoción que me arrojó al vacío que llena la parte de adentro de la contratapa. A pesar de eso, no voy a intentar leerlo de nuevo. Ya me ha pasado y ya lo he intentado, y es en vano. Los finales se leen una primera y última vez; las demás, son falsas reproducciones, vacías.
Por más inconveniente que pueda resultar terminar un libro a los apurones antes de que el colectivo sobre el que uno viaja llegue al destino en que uno pretende descender, resulta una experiencia especial. Siempre cierro el libro, en busca de algo más; su finitud es mortal, y me da a entender que no sólo Borges supo soñar con el libro de arena.

Vivo en el siglo XXI y aún soy algo adolescente. Pensé en seguida en expresar todo eso que sentí, o lo que más logre rescatar, a través de este fenómeno llamado Internet. Qué estúpido, qué coherente. Demasiado fiel a mi generación. Pero es que Sartre no sólo me ha dicho “ce que tu ressens, c'est l'existence, c’est la nausée”, no sólo rompió con mi ego como lo hizo con el suyo y con el de Antoine Roquentin, sino que, además, me genero una necesidad, una urgencia desesperante por querer que todo el mundo sienta la Náusea. Si todo el mundo la sintiera, si todo el mundo pudiera sentir la Náusea, éste sería otro mundo. Por eso quise llevar toda esa gran sensación que me generó Jean Paul con su libro a la red social donde circula la gran mayoría de los jóvenes de mi generación, en especial aquellos con quienes puedo compartir un evento personal e intelectual de este tipo.

Juro que me superan las ganas de subir el libro entero de a fragmentos. Sería una locura, pero es que siento que no es suficiente con recomendárselo a uno y cada uno. De todas formas, no sé cuántos podrían llegar a apreciarlo como yo lo hice. Estoy seguro de que yo mismo no he podido entenderlo por completo, pero supongo que no es fácil llegar a la concepción de la existencia que plantea Sartre, a vivir esa experiencia que él llama la Náusea. Nada se pierde intentando.

Finalmente, una de las conclusiones más fuertes que pude formular al finalizar la novela es que si Sartre esperaba, como M. Roquentin, perpetuar su existencia a través de un libro, lo logró. O por lo menos conmigo.

Jean Paul Sartre, yo pienso mucho en usted, aunque ya esté muerto.

10 de abril de 2010

Fragmento de La Náusea, de Jean-Paul Sartre

(Antoine Roquentin se encuentra almorzando con el Autodidacto en un restorán.)

"Recorro la sala con la vista. ¡Qué farsa! Todas esas personas están sentadas con aire de seriedad: comen. No, no comen: reparan sus fuerzas para llevar a cabo la tarea que les incumbe. Cada uno tiene su pequeño empecinamiento personal que le impide darse cuenta de que existe; no hay una que no se crea indispensable para alguien o para algo. (...) Cada uno de ellos hace una cosita, y nadie más indicado para hacerla. (…) Y yo estoy entre ellos, y si me miran, han de pensar que no hay nadie más indicado que yo para hacer lo que hago. Pero yo sé. No lo demuestro, pero sé que existo y que ellos existen. Y si conociera el arte de persuadir, iría a sentarme junto al hermoso señor de pelo blanco y le explicaría lo que es la existencia. Pensando en la cara que me pondría, lanzo una carcajada. El Autodidacto me mira sorprendido. Quisiera detenerme, pero no puedo: me río hasta las lágrimas.
-Está usted alegre, señor – me dice el Autodidacto con aire circunspecto.
-Es que pienso – le digo riendo – que estamos todos aquí, comiendo y bebiendo para conservar nuestra preciosa existencia, y no hay nada, nada, ninguna razón para existir.
El Autodidacto se ha puesto grave. Hace un esfuerzo para comprenderme. Me reí demasiado fuerte; he visto que varias cabezas se volvían hacia mí. Y además lamento haber dicho tanto. Después de todo, a nadie le interesa.
Repite lentamente:
-Ninguna razón para existir… ¿Quiere usted decir, señor, que la vida no tiene objeto? ¿No es eso lo que llaman pesimismo?
Reflexiona un instante más y dice, con dulzura:
-He leído hace unos años un libro de un autor americano; se llamaba: ¿Vale la pena vivir la vida? ¿No es la cuestión que usted plantea?
Evidentemente no, no es la cuestión que yo planteo. Pero no quiero explicar nada.

-Concluía - me dice el Autodidacto con tono consolador- defendiendo el optimismo voluntario. La vida tiene un sentido si uno quiere dárselo. Primero hay que obrar, lanzarse a una empresa. Cuando se reflexiona, la suerte ya está echada, uno está comprometido. No sé qué piensa usted de esto, señor.
-Nada - digo.
O más bien pienso que es ésa la clase de mentira que se dicen perpetuamente el viajante de comercio, los dos jóvenes y el señor de pelo blanco.
El Autodidacto sonríe con un poco de malicia y mucha solemnidad.
-Tampoco es mi opinión. Pienso que no necesitamos buscar tan lejos el sentido de nuestra vida.
-¿Eh?
-Hay un objetivo, señor, hay un objetivo... Están los hombres." 

4 de marzo de 2010

Empezar a correr

Cada día estoy más libre de odio gratuito. Respeto, comprendo y miro el uno a través del todo.
Sólo me paro en frente de quienes realmente odian y de quienes no saben ni quieren saber de dónde viene su odio. Tampoco a dónde va.

La historia se dobla y se retuerce. Las grietas florecen y vive la amenaza de fractura.
La historia resiste porque aun está sola. No puede terminar de salir de la pobreza a la que la condenaron, queriendo asesinarla, sin saber que la historia es inmortal.
Son muchos los que no saben del mal que pueden llegar a hacer cuando creen que están aislados, que no eligen porque no les es indispensable y no saben que no elegir es una elección.

Los libros se están escribiendo. Los libros se están llenando de nuevo, de historia. Las páginas en blanco empiezan a mancharse. El barro y la tinta las condenan a la eternidad, pero las páginas se van, como un tren que parte y abandona. Nos abandona a nosotros, a los jóvenes, al combustible de ese tren.

Empecemos a correr. La estación se pone muy oscura en la noche.

23 de febrero de 2010

Culpable

En la asimilación de la exterioridad he sido otra persona que ya no soy. He pertenecido a un todo que se resquebrajó y por cuyas hendijas se filtraron las aguas de un océano tan imponente como infinito, que terminó por destruir ese caparazón que ya nunca podré volver a reconstruir.  He visto lo obvio con ojos ciegos y ahora escucho el tiempo suceder a la velocidad de la vida. Hay agua del océano alojada en mi cabeza. No puedo contener demasiada, mi cabeza es del tamaño de una cabeza humana y en ella vive mi cerebro, también de las dimensiones de un cerebro humano. Pero más vasto es el océano en su minuciosidad que en su superficie. Pequeñas partículas formadas por partículas más pequeñas, formadas por otras más diminutas aun, al infinito. Tengo un océano infinito en la cabeza. Ya no podré secar mi cerebro otra vez.

Soy en el tren con complicidad, cínico y egoísta. Inútil, cobarde, impotente y culpable del mundo. Déspota de un imperio en ruinas. Abro los grifos del eterno mar que fluye hacia la nada, virgen. Derrochador de verdades. Y la vida es a la velocidad del tren. Y el tren se desliza sobre las vías y la gente es en él como un pez en una pecera. Sólo un pez nadando como cualquier pez nada en el océano. Sólo que no sabe que el océano es mucho más vasto que una pecera. Pero el pez sigue nadando lo mismo. Nada. Y es que el agua de la pecera es tan infinita como la del océano, en su propia minuciosidad. Nada importan sus paredes de cristal. Los peces las ignoran.

Llora mi océano adentro. Soy un pez muerto. Floto en la frustración de haber nadado entre paredes y morir en la libertad que me condena. No veo las paredes, sé que no están. Pero no nado. Estallo adentro. Revolución, apocalipsis y reencarnación. Ebullición, amaneceres y anocheceres constantes. Putrefacción y florecimientos. Muerte. Nacimiento. Verdad y convicciones. Absolutismo nihilista. Hipocresía terca, religión materialista. Obsesiones y ceguera. Infinitud. Sigo siendo el prisionero de siempre.

"Algún día algo monstruoso estallará en mí y yo me convertiré en otro hombre." *


* "Los Siete Locos", Arlt, Roberto, 1929. 

24 de marzo de 2009

Ana y el mar

Y el mar le besó los pies.
Ana tomó aire y se estremeció,
como si un fantasma la hubiera atravesado.

Dio un paso hacia atrás,
dejando las huellas en la arena,
en el lugar donde el mar la había besado
tan repentinamente, sin permiso.

Ana miró las huellas y vio
cómo el mar las acariciaba melancólico,
hasta que se desvanecieron en agua y sal.
Y el mar siguió buscando.

Ana sabía que el mar la podía ver,
sabía que la miraba y quería sus pies
y todo lo demás.

Miró el horizonte y vio
que el sol los observaba a los dos,
cálido, quieto, asomándose tímidamente.
Y el viento sopló.

Ana se estremeció, otra vez, y tuvo frío.
Frio en los pies besados
que le llegó al corazón y a la garganta.
Frío que nunca había sentido,
que nunca había pensado ni jamás visto.

Ana puso una mano en su pecho
y sintió que le hablaban.
Puso una mano en su frente
y sintió que sabía.

Y el sol tiñó el cielo de colores,
convencido de pertenecer.

Con su última luz abrió
los verdes ojos de Ana
que ya estaban abiertos.

Con su último calor levantó
la cabeza de Ana, que no lo miró
pero le oyó hablar.

Y el viento sopló otra vez,
más fuerte que nunca.

Los árboles se sacudieron
desesperados y los pájaros no volaron.
Se quedaron a mirar,
escondidos entre sus plumas,
lo que el viento no quiso ver.

Y Ana sonrió. Y luego rió,
con dientes blancos
como el corazón del sol.

Dejó que el mar la besara
y el viento cesó en un murmullo de agonía.
Y el beso frío de agua y sal,
se hizo cada vez más cálido, dulce y suave.

Y Ana creyó saber sin tocar su frente,
y creyó oír sin tocar su pecho.
Con el cabello agitándose sobre su cara,
pasó la lengua por sus labios y supo
que ese aun era el mar.
Y lo amó.

Y el sol ya no estaba allí.
El cielo violáceo fue su único adiós.
Y el viento ya no soplaba.
Solo se sentía su respiración.

Y Ana despertó.
Abrió los ojos y vio.
Vio que ya era tarde,
dio una vuelta y se marchó.

Y el mar siguió dormido.
Y en su sueño no cesó
la caricia que las huellas de un amor,
en agua y sal olvidó.

17 de marzo de 2009

Consejos para el peatón

El encontronazo de Cho

Como a todos alguna vez les habrá sucedido, es muy probable (999/1000) que una persona que camina por la calle en una dirección se cruce (dentro de un radio relativamente reducido) con otra que se dirige, también a pie, en el sentido contrario.
Muchas veces, sucede que la cantidad de personas por metro cuadrado (dentro del radio mencionado y la situación planteada) es demasiado alta para que uno pueda desplazarse "libremente" o disfrutar de una caminata a ritmo constante. Así, uno se ve obligado a mantenerse alerta y observar constantemente por dónde camina para evitar de esa forma cualquier tipo de obstáculo físico. En este caso, mantener un leve contacto físico, "rozar" y hasta colisionar con otro individuo son hechos inminentes, sean evitables o no.
Lo que nos compete en esta ocasión es una situación igualmente común, pero de un altísimo nivel de complejidad al momento de buscar una solución inmediata e "improvisable".
Se trata ni más ni menos que del "Encontronazo de Cho", denominado así por un psicólogo chino que se dedicaba al estudio de los patos y los gansos, pero que a la edad de 47 años sufrió uno de estos episodios y murió a los dos meses a causa de las hemorragias en todo el cuerpo que éste le produjo. Esos últimos dos meses, acostado en su cama, los dedicó a escribir un ensayo sobre las múltiples soluciones que habrían salvado su integridad física (y vida, posteriormente) en el caso de haber sido estudiadas antes de la colisión.
El "Encontronazo de Cho" es muy común hace ya muchísimos años, para ser más precisos, desde que existen las calles y las veredas. Se trata del encuentro de dos personas que se desplazan a pie en direcciones opuestas a lo largo de una misma línea recta y que, por más simple que parezca en un principio, en muchos casos termina en una colisión de frente que produce diferentes reacciones sobre ambos protagonistas (rubor, enojo hacia la otra persona bajo ningún argumento válido, riña y hasta el deceso de alguna de las dos partes) y que se da a causa de un extraño fenómeno sobrenatural que lleva a ambos individuos a intentar esquivarse al mismo tiempo y en exactamente la misma dirección, produciéndose así un "baile en zig-zag" que SIEMPRE concluye en un "topetazo" de frente.
Para evitar este tipo de choque y cualquiera de sus efectos posteriores, Cho nos dejó, antes de desaparecer físicamente, estos cuatro métodos como soluciones para tener en cuenta antes de salir a la calle:

Método nº 1: "El poste de luz"

Este método consiste en cesar el paso y detenerse inmediatamente ante la posibilidad de producirse el encontronazo. Una vez quieto, se espera a que el otro individuo se decida por una de las direcciones que le permitirá esquivarlo a uno, y luego se retoma la caminata en el mismo sentido en el que se venía realizando antes del encuentro (a menos que cambiemos de rumbo por un arrepentimiento repentino).
Recordemos que una vez ingresado a la etapa del "baile en zig-zag", es absolutamente imposible salir de ésta y evitar la colisión, por lo tanto, para utilizar este método, hay que ser muy determinante desde un principio. La duda siempre nos sacará a bailar.

Método nº 2: "El desvío"

Se trata de un método simple pero que, al igual que el anterior, requiere de una fuerte determinación a la hora de actuar.
En el momento en que se divisa al segundo personaje en cuestión (siendo uno el primero, claro está), se desvía la caminata en dirección oblicua, hacia uno u otro lado, y se mantiene ese rumbo hasta que la otra persona tome una dirección diferente, si es que eligió la misma.
Se recomienda desviarse hacia el lado que mejores condiciones presente, evitando a otros individuos (animales o humanos), paredes y calles con vehículos en circulación.

Método nº 3: "El obstinado"

Método aun más simple que el anterior, pero igual de exigente a la hora de tomar las riendas de la situación.
Consiste en mantener el mismo rumbo y respetar la línea recta por la que uno se desplazaba hasta ese momento. Esto permite que, una vez que la otra persona decida cambiar su rumbo, la acción de uno mismo no lo obligue a cambiar de decisión, y que el episodio sea evitable en todo sentido.

Método nº 4: "El rompehielos"

El último de los métodos desarrollados por Cho es complejo, pero tan o más efectivo que los tres anteriores. Requiere de mucha destreza física y mental, aprovechando todo tipo de reflejos naturales que uno posea.
Consiste en mantener el rumbo hasta encontrarse ante el otro individuo a una distancia considerable, más allá de si éste ya haya tomado otra dirección, y propinarle un puñetazo en la cara, preferentemente a la altura del mentón. La idea es "noquear" al interceptor para así, una vez inmóvil el cuerpo en el suelo, podamos retomar libremente nuestra caminata.
Se recomienda aplicar un golpe fuerte, seco y preciso para asegurarnos de que el receptor se desmaye. De lo contrario, podríamos recibir una respuesta igual de violenta y la situación se convertiría en una pelea callejera mucho más indeseable que una simple colisión.

Todos estos métodos pueden funcionar perfectamente, siempre y cuando uno actúe de manera precisa y que el otro peatón actúe de la manera esperada, que no es ni más ni menos que la forma en la que el ciudadano tipo reacciona ante estos inconvenientes.
Pero hay una contraindicación severa para estas soluciones, y es que tanto el primer individuo como el segundo conozcan los métodos desarrollados por Cho y decidan llevar a cabo el mismo.
Ambos podrían arrojarse un puñetazo, colisionar o quedarse horas parados, mirándose las caras como unos imbéciles.

Sea prudente. Sea astuto.

Ceder el paso

El otro día iba caminando por Rosetti, una tarde de solcito pero bastante fresquita. Clima ideal, a mi gusto. Caminaba mirando los árboles, y pensando en cuantas cuadras me quedaban para llegar a la casa de mi vieja, ya que había estado caminando y tomando colectivos en capital, y ya me había ganado el cansancio.
En eso observo que de a poco me acercaba cada vez más, a una señora de entre 40 y 50 años (por lo menos eso demostraba su vapuleada retaguardia, y no me refiero desubicadamente solo a su trasero), la cual caminaba a un paso mucho más lento que el mío. Si uno relaciona esos datos y analiza algunas leyes de la física, se da cuenta que esa diferencia, era precisamente la que me acercaba cada vez más a ella.
Como ya venía temiendo apenas vi a aquella tranquila señora, llegue al punto de la incomodidad peatonal. ¿Qué es eso? Es algo que todos vivimos alguna vez, y que yo acabo de ponerle un nombre obvio y hasta tonto. Es el momento en el que uno queda caminando detrás de una persona y siente la necesidad de esquivarla o sobrepasarla, pero he aquí cuando uno se da cuenta de que se le hace imposible, o porque las dimensiones de dicha persona ocupan demasiado espacio en la vereda, o porque su velocidad es la justa como para que no podamos pasarla ni menos que menos, soportar toda nuestra caminata detrás del individuo, como si fuésemos algún tipo de guardaespaldas, o en su defecto, algún tipo de maniático que está a punto de realizar su maldad.
Dadas las circunstancias, me decido a sobrepasarla a mí manera: caminando bien rápido por el pasto del vecino (que tanto lo cuida y que por algo hizo hacer una vereda), casi corriendo, hecho que siempre me hace sentir como un loco, pero que al fin y al cabo, resuelve mi problema.
Pero esta vez fue diferente.
La señora (quien quizás fuese algún tipo de persona híper-sensible a la velocidad, o en el más común de los casos, traumada por algún tipo de mala experiencia en la calle) se asustó al verme pasarla tan rápido, y pegó un grito y un salto que casi me infarta.
En ese momento, me vi obligado (por alguna razón que hasta este día desconozco) a dar una explicación que justificase mis movimientos bruscos.
- Disculpe, señora, no se asuste... no le voy a hacer nada- dije, sintiéndome cada vez menos claro y más confuso.
- No... está b...
- Siempre y cuando me deje pasar- interrumpí, ahora ya en un tono de persona con problemas mentales. Mi voz y mi actitud empezaban a descontrolarse. Me agité.
La señora mi miró con los ojos bien abiertos, y con un brazo cruzando su pecho con la mano en su hombro, y el otro sosteniendo firmemente su cartera.
- Ahora, si no me deja pasar, puedo llegar a pedírselo de buena manera, cosa que no creo, le resulte una agresión... quiero decir, en ese caso no le "habría hecho nada", ¿me entiende?
La señora parecía una de esas estatuas vivientes de la calle Florida. Me metí una mano en el bolsillo (como si fuera a buscar una moneda para recompensar su extraño arte) y deje la otra libre, para ayudar a expresarme mejor. Me agité más aun.
- Si aun así, no me dejase pasar, accedería a pedírselo de mala manera. De manera descortés.
- Está bien, no se preocu...
- Ahora bien. Si a usted se le canta no dejarme pasar porque es una vieja jodida, quizás en ese caso llegue a empujarla o a apartarla de mi camino con algún otro tipo de contacto físico. Quizás ahí sea el momento en el que usted considere que yo "le he hecho algo". Pero aun hay más. Si usted insistiera en no dejarme pasar, después de mi empujón, ahí sí, seguramente yo le...
Me interrumpí. Me paré. Me auto-callé.
Observé que la señora ya no estaba. Traté de recordar alguna imagen que haya visto mientras vomitaba todas esas suposiciones, y creí haberla visto entrar a su casa. En eso observé su cabeza que se asomaba por su puerta, mirándome con horror, en la lejanía.
Pero algo me distrajo.
Era otra señora, más pequeña, con más arrugas y más cara de ojete, parada frente a mí. Podía sentir su aliento a mate cocido.
- ¿Te corrés, pendejo?- me dijo de mala manera, y me empujó a un costado.
Esa noche soñé cinco sueños distintos con todas las cosas que le podría haber dicho a esa anciana maleducada, pero por alguna razón no pude.
Me quedó la vena, mirá.

20 de febrero de 2009

Sueño, teconología y evasión

Me había quedado dormido. El reloj no había sonado otra vez y ya era tarde. Entonces lo decidí.
Salí por la puerta de atrás en cuero y pantalones cortos. Era de mañana, pero el verano ya pegaba fuerte en el pecho. Di la vuelta y allí estaba, pendiendo pendiente. Pensé que ella esperaría por siempre, que nunca la haría columpiarse siquiera. Hasta ese día solo me había limitado a observarla brevemente, de pasada, cuando por una u otra cosa recorría el pasillo lateral exterior de la casa. Entonces no di más vueltas. Como si todas las reflexiones acerca de aquella soga misteriosa durante tantos años no significaran nada. De hecho no me pesaban en la cabeza.
Entonces, en un instante me vi colgado de la cuerda, con las plantas de los pies completamente apoyadas sobre la pared, el brazo izquierdo flexionado, tomando la soga fuertemente con la mano y haciéndola pasar por debajo del codo, y el brazo derecho extendido, tomando la cuerda y haciendo, junto al peso del cuerpo, todo el trabajo de fuerza.
Hubo un segundo de silencio en el aire, de dudas en mi cabeza y de tensión en la vieja soga. Todo se suspendió durante ese segundo. Luego la soga cedió.
Sentado en el suelo, con mi espalda estremeciéndose por el golpe, vi el maletín en el suelo. Aún le asomaba parte de la soga. Lo más sorprendente fue la pulcritud y sistematización con la que actuó el artefacto. Cualquiera diría que ese era un “terreno virgen”, en términos inmobiliarios, si es que los hay. Tomé el maletín, observé la soga colgando pero no me animé a guardarla. No me imaginaba que podría suceder si intentaba abrirlo. Tampoco me animé a buscar un poco más de ropa en su interior. Siempre lamenté ser una persona impulsiva. Por suerte era muy temprano aun y todos mis desocupados vecinos dormían. Todavía tenía algo de tiempo para escapar de ahí. Escapar como testigo de un misterio o como un loco, víctima de burlas.
Entonces, maletín en mano, inicié una caminata hacia donde se asomaba el sol.

6 de febrero de 2009

Café Darwin

- Es el último café que tomo con usted, Sr. Carvallo – dijo Alsina antes de sentarse, apuntando una pezuña amenazante hacía Carvallo. Éste se quedó perplejo. El burro sonaba sincero y realmente no tenía nada para refutarle.
Alsina tamborileó en el aire con su pezuña mientras buscaba algo más para agregar a su advertencia. Notó en la larga cara de Carvallo que el mensaje había sido lo suficientemente claro. Se sentó, se abrió el saco y acercó su silla a la mesa.
El mozo se acercó y con un “buenas tardes” dejó dos cartas sobre la mesa.
- Dos cafés, por favor – exclamó Carvallo antes de que el plumífero mozo se alejara –. Uno con coñac.
- Dos con coñac – aclaró Alsina, mirando de reojo a Carvallo, con desdén –. No suelo beber alcohol a estas horas del día, ¿sabe, Sr. Carvallo? Pero si no me relajo ahora, puede llegar a lamentarlo, mi equino amigo. Se lo aseguro.
- Muy considerado de su parte, Sr. Alsina. Pero no abuse del coñac. No quiero lamentarlo el doble.
- Sé controlarme, usted no va a decirme qué hacer. Usted no es quién para darme consejos.
Carvallo se había recostado sobre su silla y, a pesar de que estaba nervioso por la actitud del burro, trataba de mantener la calma y mostrarse tranquilo. Sacudió su cola como un péndulo y espantó un par de moscas. Alsina golpeó un par de veces el suelo con una pata. Estaba realmente tenso.
Hubo un silencio que duró unos cinco minutos, hasta que llegó la cigüeña con los cafés. Alsina lo había estado mirando fijamente a Carvallo desde que había entrado al bar, y no le quitó la vista hasta el momento en que el mozo comenzó a agregar coñac a su café.
- ¡Suficiente, Cicone! – ordenó casi gritando. La cigüeña agregó coñac en el café de Carvallo y se retiró a paso lento, con zancadas exageradas y movimiento cervical en perfecta sincronización.
El bar apestaba a estiércol. Carvallo resopló. Por alguna razón no se animaba a beber el primer sorbo de café. El burro se inclinó hacia adelante y hundió su hocico en el tazón. Carvallo observaba cómo el burro bebía lentamente con la mirada fija en la mesa. Bebió durante un minuto. Luego quitó el hocico del recipiente y levantó su cabeza, relamiéndose. Se salpicó el saco con café, pero no lo notó. Carvallo lo observaba con detenimiento.
- ¿Vinimos aquí a que me observara beber café o realmente tiene esa maldita propuesta, Sr. Carvallo? ¿Piensa beber el suyo siquiera? – recriminó Alsina y continuaba relamiéndose.
- Tenemos tiempo.
- Yo no. Menos que menos, para usted. Aún no sé qué hago acá y le conviene desembuchar antes de que me arrepienta.
- Usted es el único que tiene acceso a La Tranquera – dijo Carvallo casi sin pensarlo. Tenía que decir algo para interrumpir el sermón del burro que ponía el ambiente cada vez más tenso. Quizás no fue la mejor frase que podía haber usado para aflojar los nervios.
Ambos animales se quedaron mirándose a los ojos y, por esas casualidades de la vida, se hizo un silencio escalofriante en todo el bar. No tardó en sonar el siguiente tango y a Carvallo le volvió la sangre al cuerpo.
- ¿Qué está tramando, Carvallo?
El caballo mojó sus labios en el tazón.
- Quiero largarme de S&S. Tengo pensado salir del país.
- Sabe que eso le es imposible.
- No si llegamos a un acuerdo, Sr. Alsina.
- No voy a ensuciar mis pezuñas por usted. ¿Sabe cuánto me costó llegar a donde estoy ahora? Ustedes los caballos se creen muy importantes, ¿verdad? ¿Qué les hace pensar que por su pasado de élite pueden pasar por arriba a cualquier bicho que se les cruce? Estoy harto de ustedes. Tengo dos mulas que alimentar yo solo y no pienso pagar el pato otra vez por culpa de uno de ustedes. ¿Qué está tramando, Manchao? ¿Qué le hizo creer que podría convencerme invitándome a un café?
- Aún no sabe de qué hablo.
- Gracias al cielo. Pero me imagino de qué se trata. No necesita decir más nada.
- Cálmese. Le aseguro que mi propuesta le va a interesar. Usted no tiene que ensuciarse y sus hijos van a seguir comiendo como siempre.
- ¡Váyase al infierno, Sr. Carvallo! Usted no decide si mis hijos comen o no.
Carvallo resopló. El burro lo miró unos segundos y se echó hacia atrás sobre su silla. Sacó su pipa de un bolsillo interno de su saco y comenzó a cargarla con tabaco del bueno, que guardaba en un pequeño paquete de plástico que sacó de uno de los bolsillos de su pantalón. Suspiró.
- Muy bien, Carvallo. Quizás me esté precipitando. Soy un burro viejo y estoy harto de los embusteros como usted, pero toda mi vida he defendido los derechos de los animales.
Carvallo lo miraba esperando un remate. Realmente no sabía a dónde iba el burro con ese preámbulo.
- Hable. Cuando termine de contarme, si me ha convencido, haremos un trato. Si no, me levantaré, pagaré los cafés en esa barra y abandonaré este bar para no volver a verle los dientes nunca más. ¿Comprendió?
El caballo vaciló unos segundos pero asintió, convencido de que era lo mejor que podía conseguir de un burro viejo, a pesar de que éste aún no había escuchado el plan completo. Bebió un poco más de café, se relamió y aclaro la garganta. Antes de hablar dio una mirada alrededor, quizás esperando que alguien llegara y lo salvara. Ya tenía al burro en frente, esperando a que hable y no de muy buen humor.
El bar estaba a medio llenar. Algunas pintorescas ovejas balaban en un rincón, peladas, luciendo sus grises abrigos de piel de lobo. Un cerdo de anteojos pequeños leía el diario en una de las mesas ubicadas contra el ventanal. El sol le daba en la cabezota y le brillaban los pocos pelos duros que le quedaban. Su cuerpo estaba levemente deforme de un lado, como si hubiera sufrido una hemiplejia cuando niño. Con un párpado caído y la cabeza inclinada hacia la derecha, no quitaba los ojos del suplemento deportivo, mientras bebía pequeños sorbos de su tazón. El gordo animal quizás se sintió observado y levantó la vista hacia Carvallo, quién se encontró con un pronunciado estrabismo que terminaba de darle a ese pobre cerdo el aspecto de un animal vapuleado por la vida. No pudo saber si lo miraba a él o no. De todos modos, Carvallo decidió volver la mirada a Alsina. Ya era hora.
- Sé que no me queda mucho tiempo, Alsina – dijo, al fin.
Alsina exhaló fuerte por la nariz, reprimiendo una fuerte y corta risa irónica.
- Sé también que si no hago algo ahora, terminaré en la calle y moriré un tiempo después, solo como un perro.
- ¿Cuál es su plan, si es que existe alguno?
- Sí, existe – contestó Carvallo e hizo silencio, como si esa pudiera ser la respuesta final a la pregunta de Alsina.
- ¿Entonces?
- Entonces, si usted pidiera mi traslado en La Tranquera, quizás yo tuviera la posibilidad de sobrevivir unos años más en el exterior.
Alsina frunció el ceño, confundido.
- No comprendo su plan, Sr. Carvallo. ¿Cuánto piensa que durará en S&S México? ¿O en S&S Polonia? ¿O en Camboya, si es que estos malditos simios llevaron algo de su porquería a ese pobre país también? El trabajo es el mismo, Sr. Carvallo.
- No hablé de trabajo.
- ¿Y qué piensa hacer? ¿Ser el maldito presidente de la empresa? Es el único puesto que se me ocurre en el que nadie trabaja. No lo entiendo, compañero.
- Dije que quiero largarme de S&S. Renunciaré apenas ponga un pie fuera de esta mierda de país. Aquí no se puede vivir libre si no se tiene un condenado trabajo. O se entrega la vida a un puto mono engreído, o se es un Salvaje y “que Dios se apiade de usted”. ¿Quién carajo es Dios y quién es él para decidir si vivo o no?
- No blasfeme, Sr. Carvallo.
- ¿Cómo dijo?
- Mire, sea Dios o sea yo, lo que usted más necesita es piedad. Está endeudado de patas a cabeza. Hay muchos animales retirados que le encuentran la vuelta a este infierno terrenal y todos por sus propios medios. ¿Qué le dice que tiene el derecho y el privilegio por encima de los demás de ser beneficiado por mérito ajeno?
- A usted no le cuesta nada pedir mi transferencia.
- ¡Cierre el hocico! Yo sé muy bien cuánto me cuesta.
El cerdo de la ventana se había levantado y pasó por al lado de la mesa de los equinos rengueando, haciendo crujir las tablas de madera del suelo con cada uno de sus pesados pasos. Tras él, una briza perfumada sopló sobre Alsina y Carvallo y los distrajo por un momento.
- Un cerdo perfumado. ¡Qué país generoso! – reflexionó el caballo en voz demasiado alta.
- Se la voy a hacer fácil, Sr. Carvallo. Usted renuncia y yo le pago el pasaje a México.
- No pienso renunciar estando aún en este país. Además, ¿qué garantías tengo…?
- Lo que usted piensa ya no interesa – lo interrumpió Alsina. Sacó su billetera, la sostuvo con una pezuña y con la otra asomó unos cuantos billetes –. Usted decide, Manchao. El pasaje o los cafés.
- ¡Púdrase!
Alsina se levantó lentamente mientras sacaba un billete arrugado y guardaba la billetera en algún bolsillo interno de su saco. Caminó sobre sus viejas patas traseras hasta la barra. Carvallo lo observaba, desesperado y sin saber que decir, pero aún resoplaba con cara de ofendido.
- ¡Dos cafés con coñac y uno de mortadela! – gritó, mientras tomaba un sándwich de una pila sobre una bandeja de plata y lo levantaba en el aire. La cigüeña, a lo lejos, extendió un ala, hizo una amistosa seña de aprobación y continuó charlando con el cerdo rengo. Alsina dejó el billete sobre la barra y salió del bar con la indiferencia de quién esquiva a un perro muerto en la calle.

17 de mayo de 2007

El asiento de la rueda

Se sentó en el asiento de la rueda. El individual. Siempre prefirió los asientos de atrás, lo alejaban de las viejas que subían solo para abusar de su reducida movilidad y obligar a uno a pararse y cederles el asiento luego de un arduo día de verano. La mayoría de las veces conseguía un asiento en el fondo, muy rara vez se arriesgaba a sentarse adelante. Odiaba los últimos asientos sobre el motor. Cuando bajaba del colectivo su ropa estaba empapada y pegada a cuerpo y se sentía raro al caminar, ya que parecía no tener nalgas. Sus asientos favoritos eran los últimos antes de los del fondo, porque se encontraban detrás de los de las ruedas y por ende podía estirar las piernas sin molestar al pasajero de adelante. Además nadie lo molestaba a él. También se encargaba de calcular la hora del día y la dirección del recorrido del colectivo con respecto al sol para evitarlo en días de verano, sentándose de uno u otro lado.
Ésta vez el asiento de la rueda era la mejor opción, a pesar de haber asientos más cómodos en las primeras filas. Una vez sentado, guardó el vuelto en el bolsillo derecho del pantalón y, mientras se terminaba de acomodar, miró el boleto. La suma de las cifras del número de boleto daba dieciocho. No decía nada. La hora del boleto marcaba las seis y treinta y nueve. Sumándole la hora y media de viaje, daban las ocho y nueve, lo cual, considerando que su horario de ingreso era a las ocho y veinte y que tardaría unos cinco minutos en caminar las cinco cuadras a lo largo de la Avenida Córdoba, le indicaba que llegaría a la facultad con seis minutos de anticipación, los que aprovecharía para saludar a sus compañeros y comentar lo bueno y lo malo del fin de semana.
Guardó el boleto en el mismo bolsillo en el que guardo el vuelto. Se acomodó un poco más a la izquierda. Miró por la ventana. Todavía era de noche y la niebla nublaba las luces de los faroles, dando esa sensación de humedad que le fascinaba. No sabía si colocar la mochila entre sus piernas o sobre éstas. Si la apoyaba en el suelo, pensó, la ensuciaría. La colocó entre sus piernas como ignorando sus propias conclusiones.
Solía distraerse mirando el paisaje urbano, le encantaba mirar por la ventana cuando recién empezaba a viajar en colectivo. Ahora lo aburría y algunas veces terminaba durmiéndose con la cabeza contra el vibrante vidrio. Las lomas de burro le dolían, pero seguía durmiendo.
En esta ocasión, prefirió sacar su walkman de la mochila y escuchar su cassette favorito, ya que, por única vez en el año, podía hacerlo. Si no le andaba el walkman nuevo, el viejo no tenía pilas. Si tenía pilas, no le funcionaban los auriculares. Si conseguía auriculares nuevos, no tenía un cassette para grabar su música preferida. Si conseguía cassette, no le funcionaba el grabador. Si por fin grababa su cassette y conseguía auriculares nuevos, otra vez no tenía pilas. Ésta era una ocasión especial. Debía aprovechar el momento. Disfrutaría mucho gastar las pilas nuevas en dos viajes y, al llegar a su casa, arrojaría el walkman y sus apéndices en el fondo del cajón, rindiéndose así, luego de tomarse el duro trabajo de reunir las provisiones necesarias para una corta pero agradable satisfacción.
Terminó el lado “A”. Mientras daba vuelta el cassette, levantó la mirada para observar la multitud que se apretujaba, envidiándole el asiento. Un oasis de realidad entre dos recesos mentales que eran el lado “A” y el “B”.
Frente a él se encontraba una joven muchacha de rubios cabellos y largas piernas. Se concentró tanto en observarla que colocó el cassette del lado incorrecto. Lo corrigió y siguió analizando la bella figura que decoraba su paisaje personal. Puso “play” e intentó que la música acompañara la imagen. Las estridentes guitarras y la delicada muchacha no se complementaban, pero su mente logró asimilar ambos polos a la vez.
La chica se encontraba en una posición relajada, inclinando su cuerpo sobre una sola pierna, mientras la otra descansaba cruzada. Viajar parado y cómodo no es muy fácil de lograr. Su mirada se dirigía a través de la ventana, depresiva y pensativa. Cada tanto suspiraba y cambiaba de pierna. Su mano derecha se encontraba alta, sobre su cabeza, tomando la barra de metal que empezaba en el suelo y terminaba en el techo. Su mano izquierda se encontraba baja, cerca de su cadera, sosteniendo un bolso bastante grande.
Mientras él la miraba, las ruedas giraban, las del colectivo y las del cassette. La música fluía y él no la escuchaba. Más tarde se daría cuenta y rebobinaría el cassette para comenzar de nuevo.
De repente, se dio cuenta de que la muchacha estaba cambiando de actitud. Parecía incomodada por su admirador, quién se dio cuenta de esto y desvió la mirada. Dejó que pasaran unos minutos, disfrutó de una canción cantándola en su interior, y volvió la mirada hacia la muchacha, quién seguía mirando por la ventana, pero con esa despectiva actitud que había adquirido hacía unos minutos. Él sospechaba que ella sabía que la estaba mirando, pero no estaba seguro. Por las dudas empezó a observarla de reojo y con intervalos de ventana y multitud.
En él momento en que su mente se había metido de lleno en la música y su mirada permanecía perdida en sus pensamientos, sus ojos cruzaron sin querer los de la muchacha, quién giró la cabeza de un golpe que desnucaría a cualquier desprevenido.
Él rió. Siempre en su interior. La muchacha no estaba tan incómoda como se hacía ver. Cuando el admirador existía, ella lo despreciaba. Cuando desaparecía, ella lo sentía ausente y lo buscaba con desesperación.
Otra vez le perdió el rastro a la música. Su cabeza estaba llena de alegres pensamientos, situaciones imaginarias y sueños imposibles de realizar. Cómo podría él llegar a entablar una conversación con esa muchacha, y aún después del episodio ocurrido, que quizás había sido todo obra de su imaginación. Cómo una conversación lo conduciría a toda una vida planeada. Su mente se hacía infinita y a pesar de gustarle, le hacía mal.
Sacudió su cabeza librándola de la mayoría de esos estúpidos pensamientos, y miró otra vez a la muchacha, quién ahora se había convertido en un anciano de barba y bigote. La había perdido de vista. La buscó con desesperación. La puerta del colectivo se cerró y el chofer arrancó. El cassette paró de golpe haciendo saltar la tecla “play”. El colectivo estaba cruzando la Avenida Córdoba y él no se había bajado.